martes, 18 de abril de 2017

Ética y perspectiva de género o ¿la perspectiva de género es una ética?




La ética es la investigación general sobre lo bueno
G. E. Moore



La ética, es una disciplina que forma parte de la filosofía, es la encargada de emitir juicios de valor acerca de nuestros comportamientos, juzgándolos como “buenos, deseables o adecuados”, o enjuiciándolos como “malos, indeseables o inadecuados”. Los fundamentos sobre los cuáles se erigen los criterios para juzgar un acto como bueno o malo, le corresponden también a la reflexión ética, de hecho, gran parte del debate teórico se encuentra en cómo y dónde fundar los principios éticos, para desde allí, poder enjuiciar la realidad humana y prescribir los actos conducentes para formar una sociedad distinta. En resumen, la ética es la encargada de valorar los actos humanos y prescribir deberes a los individuos. 

Ciertamente, la ética no llega a su conocimiento por sí sola, sino que se ayuda de otras disciplinas que brindan conocimiento acerca de nuestra realidad, así, el médico después de una ardua formación académica y años de experiencia, puede enfrentarse ante un enfermo y no sólo diagnosticar, sino recomendar un tratamiento, estamos allí frente a un acto ético. En otras palabras, cuando un médico evalúa a un enfermo, primero lo hace desde su conocimiento científico propio de la disciplina, pero al prescribir una serie de indicaciones –aun cuando estén sustentadas en ensayos clínicos y estrictas investigaciones biomédicas–, su acto deja de ser solamente un acto médico para convertirse en un acto ético, en ese momento se encuentra ya presente la ética médica. 

Ahora bien, si consideramos a la denominada perspectiva de género como “un punto de vista, a partir del cual se visualizan los distintos fenómenos de la realidad (científica, académica, social o política), que tienen en cuenta las implicaciones y efectos de las relaciones sociales de poder entre los géneros (masculino y femenino en un nivel, hombres y mujeres en otro)”[1], comprendemos que dicha visión nos ayuda para poder determinar y describir ciertas relaciones existentes en diferentes niveles y contextos, sin embargo, una vez identificada dicha situación, la misma es insuficiente para decidir acerca de una prescripción del comportamiento adecuado entre los “géneros”, ya que ello le corresponde a la ética. 

Análogamente a la medicina, considero que la perspectiva de género no puede ser la encargada de dictaminar qué comportamientos tenemos o no permitidos realizar ante ciertas circunstancias o sujetos, ya que ello corresponde a la ética, lo cual no implica que no sirva dicha perspectiva, pero en el momento en el cual se pasa de la descripción de los actos a la valoración de los mismos, se ha dejado la perspectiva de género y se ha comenzado a hacer una ética, por lo tanto, la perspectiva de género es útil como herramienta para la fundamentar una ética, pero no es posible equipararlas y menos anular una con la otra. 

En otras palabras, la perspectiva de género brinda potentes herramientas descriptivas para evidenciar descriptivamente las desigualdades motivadas por el sexo biológico, las diversidades de cuerpos y los roles o patrones de comportamiento –entre otras muchas cosas– que llevamos a cabo por el hecho de “ser hombres” o “ser mujeres”, entre otros tipos de clasificaciones, o de cualquiera de las formas en que estos tipos de “seres” se entiendan, sin embargo, estoy convencido que dicha perspectiva se abandona en el momento en que se pasa de la descripción a la valoración de los actos. Por tanto, mi propuesta es continuar utilizando la perspectiva de género para mostrar, evidenciar y desenmascarar cierto tipo de comportamientos derivados de nuestro cuerpo y el rol asignado en nuestra cultura, pero considerar desde qué visión ética valoramos y dictaminamos qué comportamientos son deseables y cuáles no, es decir, la perspectiva de género no es una ética, sino una herramienta para la adecuada aplicación de la misma en diversos contextos

Considero que si logramos comprender qué es la ética y a quién le corresponde prescribir los deberes, podremos por fin dejar de lado los absurdos debates de si esto o aquello es un deber que lo dicen las feministas, o si la teoría de género impone ciertos comportamientos, o aquél insulso argumento que invita a abandonar toda división entre hombres y  mujeres y solamente centrarnos en “el ser humano”. A mi parecer es claro que el feminismo y la perspectiva de género son herramientas útiles y necesarias para logar el óptimo desarrollo de una ética cívica compartida. Las prescripciones no es desde el género, sino desde el humano. 


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1. Serret Bravo, E. Qué es y para qué es la perspectiva de género. IMO. 2008. P.p.  16






jueves, 20 de octubre de 2016

Sonidos y silencios en las sesiones psicoanalíticas


“El silencio es resistencia del discurso y es insistencia del significante” 
Ana María Gómez. La voz, ese instrumento…


Habitualmente se ha tendido a conceptualizar al silencio como un obstáculo para las sesiones psicoanalíticas, enalteciendo el poder de la voz, se ha dado por considerar, al igual que en otros campos, al silencio como algo ajeno y perjudicial. Debido a lo anterior, comenzaré por desarrollar tres ejemplos de diferentes áreas en donde el silencio pasa de ser un elemento negativo, a convertirse en fundamento esencial. Posteriormente, regresaré sobre el tema de la clínica psicoanalítica, para establecer algunas semejanzas con dichos ejemplos y cómo podemos valorar de otra manera a lo que acontece en las sesiones psicoanalíticas, que no es únicamente la voz o las palabras del analizante. Es necesario conceder que algunas de estas ideas, surgieron a partir de la lectura de la psicoanalista Ana María Gómez, de quién sólo me he permitido escribir un epígrafe, aunque le estoy en deuda más que eso, especialmente por despertar mi curiosidad acerca del tema. 


Los cartujos

El primer caso que me interesa desplegar, se ubica en la religión, en la cual comúnmente se considera primordial la voz, uno de los motivos, es debido a que es el instrumento por el cual se ora y se levantan plegarias, súplicas y agradecimientos a dios, por otro lado, porque es a través de ella donde se puede llevar la palabra al otro, es decir, predicar. Aun así, existe una orden de monjes, cuya vida monástica se basa, entre otras cosas, en guardar silencio; los cartujos. Estos religiosos son una orden de monjes contemplativos, que llevan a cabo una vida aislada, carente de lujos y además, con votos de silencio. En el estatuto 4.1 de dicha orden, podemos leer, «nuestra ocupación principal y nuestra vocación es la de dedicarnos al silencio y a la soledad de la celda [...] En ella con frecuencia el alma se une al Verbo de Dios, la esposa al Esposo, la tierra al cielo, lo humano a lo divino». Esta cita, nos revela la importancia del silencio en un plano espiritual y religioso, ya que es justo en él en donde puede realizarse la unión trascendental. 



En el año 2005 se estrenó el documental El gran silencio, del director Philip Groning, el mismo retrata la vida en uno de estos monasterios. Es un filme de una estética impecable, y además aventurado, en tanto son más de dos horas sin un solo diálogo, apegándose al espíritu del propio monasterio, ahí podemos observar que la organización de la vida no se realiza a través de voces, sino de sonidos, como pueden ser las campanadas que marcan la hora de levantarse, de orar o de la liturgia cartujana. Una vida que se organiza a través de la repetición, el ritmo y el silencio. 

Este caso muestra como en un campo religioso, en donde la voz es fundamental, se puede a su vez, organizar una vida en su justo opuesto, el silencio, dando así paso a la unión con lo divino, contemplando directamente ese elemento innombrable. 


La música silenciosa

El segundo caso, es del campo artístico, específicamente musical. John Cage, fue un músico norteamericano, reconocido por su influencia en las vanguardias artísticas del siglo XX. Una de sus piezas más reconocidas la escribió en 1952, y lleva por título 4’33’’, la partitura, indica que el o los músicos, deben guardar silencio durante los tres movimientos de los que se compone la obra, dando un total de 4 minutos y 33 segundos en silencio. 



Si reflexionamos por un instante, podemos interpretar la obra no solo como un desafío al arte tradicional, sino además, como una lección musical primordial. Una de las definiciones clásicas de la palabra música es “arte de combinar sonidos y silencios”, sin embargo, Cage ha optado por presentar una partitura de silencios, entonces ¿cómo podemos decir que el acontecimiento es musical sin haber sonidos?, la respuesta es que la partitura y la ejecución son sólo la base, el sustrato último y fundamental de la música, es decir, el silencio, y la pieza, se compone realmente por los sonidos circundantes a la ejecución del artista. 

En una interpretación que se encuentra en el canal Youtube, podemos escuchar la tos de un espectador, el llanto de un niño, o las hojas de las partituras moviéndose, impregnando así al silencio una huella única e irrepetible en la ejecución, en 4’33’’, no es solamente silencio, sino el silencio siendo preñado por los sonidos que habitualmente se consideran como ajenos a una pieza musical, lo que en otros contextos es ruido, en su caso, se convierte en la pieza misma. El evento musical es único e irrepetible, justamente porque él se compone en la intempestiva realidad del momento, y no de una detallada planeación intelectual.


La razón que calla

El tercer caso que trataré, es concerniente a la filosofía. De hecho, me parece interesante que en más de una ocasión he leído algún argumento que trata con desdén a la propuesta del filósofo Ludwig Wittgenstein, quien en su Tractatus Logico-Philosophicus (1921), establece una serie de principios que me parecen pertinentes retomar, al menos algunos fragmentos:

Casi al final de su tratado escribe:

6.5 Para una respuesta que no se puede
expresar, la pregunta tampoco puede
expresarse.
 No hay enigma.
Si se puede plantear una cuestión,
también se puede responder. 

6.51 (...) la duda sólo puede existir cuando
hay una pregunta; una pregunta, sólo 
cuando hay una respuesta, y ésta
únicamente cuando se puede decir algo

6.54 Mis proposiciones son
esclarecedoras de este modo; que quien
me comprende acaba por reconocer que
carecen de sentido, siempre que el que
comprenda haya salido a través de ellas
fuera de ellas. (Debe., pues, por así
decirlo, tirar la escalera después de haber
subido.)
Debe superar estas proposiciones;
entonces tiene la justa visión del mundo.

7. De lo que no se puede hablar, mejor es
Callarse


Me parece necesario mencionar que el interés principal del filósofo vienés, es el de abordar un tema epistemológico, es decir, intentar esclarecer nuestra capacidad de conocer el mundo a través de las palabras, mejor aún, del lenguaje. Así, considera que hay un límite en nuestra capacidad de significar, por lo tanto, también existe una limitación en nuestro conocimiento. 

Su conclusión radical acerca de preferir callar ante ciertos temas, es debido a que considera mejor el silencio a ser parte de una confusión y un alegato inexplicable, por ello, algunas de las interpretaciones recientes acerca de su Tractatus… es que manifiesta un misticismo, algo similar a lo que los cartujos realizan desde hace siglos. En el apartado 6.52, nos dice “Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico”. ¿No es acaso justamente la opción que tomaron los cartujos al aceptar al silencio como la vía misma de conexión divina? 

Si bien, la crítica tradicional a la postura sigilosa de Wittgenstein es que tenemos la obligación de intentar responder a lo que se nos aparece como incontestable, ya que debido a la rebelión ante la pregunta incesante, hemos podido como género humano, construir la ciencia, la filosofía o el arte, medios de acercamiento a una verdad, quizá inalcanzable. Cierto que la opción del filósofo parece cómoda, pero es en realidad osada y a la vez prudente, pues la necedad nunca ha vencido a la verdad, por más voluntad individual que empeñemos, no habrá mejores resultados, si nuestros límites de nuestro mundo están constituidos por las fronteras de nuestro lenguaje. 


¿Y en el psicoanálisis?

Es tiempo de regresar a nuestro interés inicial, ¿qué sucede entonces con los silencios durante las sesiones analíticas?, ¿no es acaso imperioso erradicar dichos silencios para llenarlos de palabras potencialmente interpretables?

La primera forma de entender al silencio en este contexto, es pensarlo como resistencia al análisis. Se juega la baraja teórica de la represión, se piensa que quien calla no quiere saber nada de aquello que lo aqueja. Sin embargo, sin negar dicha afirmación, propongo re-pensar desde otros lugares el papel del silencio, ya que no niego que el silencio pueda ser resistencia, sino que no es únicamente resistencia.

En primer lugar, es necesario aceptar que el silencio es parte fundamental de la sesión analítica, al menos por parte de uno de los dos constituyentes, a saber, el psicoanalista. El silencio por parte del psicoanalista, otorga la posibilidad de emerger al habla del otro, por ello la regla fundamental es “dígalo todo…” pero se complementa con algo que está implícito en el dispositivo: “mientras yo callo y hago silencio”. Así, el lugar sobre el que se escribirá la sesión es justo sobre el silencio del analista, la voz cobra importancia en tanto se imprime sobre un lienzo que podría ser pincel. Por supuesto, el analista no siempre calla, pero cuando habla no dialoga, de ahí que un psicoanálisis no sea una charla, aun cuando sí una charlatanería

Pero, ¿qué sucede cuando el analizante calla? El analista sigue escuchando. Aquí es el viraje que propongo poner especial interés, debido a que cuando se calla no es sólo abandono de voz, sino presencia de silencio. En otras palabras, el analista debe escuchar el silencio, si conceptualizamos al mismo sólo como ausencia de sonido, entonces no es posible escucharlo, sin embargo, lo que sostengo es que hay que escuchar no únicamente al silencio, sino al silencio significante, el silencio no es sólo sostén del habla sino otra forma de hablar. 

Al callar, se dice. El silencio está preñado de voces, en tanto esconde, a su vez revela. Hacerse silenciar es igual a dar lugar al significante mudo. En resumen, no es sólo ausencia de voz, sino decir a través de… 

Ahora bien, si decimos que el silencio es un silencio significante, ¿qué es un significante? El mismo se puede definir como el “elemento material sin sentido que forma un sistema diferencial cerrado” (Evans, 2005), en otras palabras, es aquello que puede ser percibido y potencialmente enlazado a un conjunto para adquirir significado. 

Por tanto, el silencio es significante, en tanto la percepción de los sonidos en una sesión no es la voz del analizante, sino el conjunto que rodea y potencialmente genera sentido (su respiración, carraspear, movimientos, e incluso lo ajeno al consultorio, como puede ser la música de la sala de espera, los ladridos de un perro, o simplemente algunos ruidos exteriores).

Aquí me permito remitirme a una experiencia personal. En diversas ocasiones la música que mantengo en la sala de espera de mi consultorio, se encuentra con un volumen lo suficientemente alto para escucharse dentro del mismo. Un paciente durante una sesión en donde hablaba airadamente sobre su relación familiar asfixiante, calla repentinamente durante varios segundos y después dice “esa canción me gusta, hace mucho que no la escuchaba…”, una primera interpretación es que la música funcionó como elemento defensivo, el discurso se desvía, su (dis)curso es otro para no abordar el tema espinoso al cual se acercaba. Aunque también aquí hay una segunda opción, continuar la regla fundamental, y en vez de señalarlo como resistencia, esperar la libre asociación y dejarse sorprender del destino al que nos puede llevar, apostar a convertir a la resistencia en conductor. Lo mismo valdría para sonidos tanto ajenos como internos al consultorio: el celular, las voces del exterior, la lluvia, etc. 


En conclusión

Retomando lo dicho hasta aquí, y haciendo una analogía quizá ilegítima con los tres primeros casos, sostengo que el silencio no es únicamente la huida de un significante, sino la obstinación a perderse en el Otro, al igual que en la religión, en donde el nombre de Dios es impronunciable, o al menos no pasa por la voz en vano, en análisis, la enunciación tampoco lo es, si lo fuere, el silencio hace presa en la búsqueda de la unificación con el Otro, el único silencio definitivo es el del paciente que no vuelve más. Por tanto, si algo se calla, algo se dice, y es necesario arrancar de esa unión mística y mostrar la fragilidad del lazo, y en última instancia, la castración del Otro.

La sesión psicoanalítica se constituye también de silencios, y al igual que en la pieza 4’33’’, siempre está acompañada de sonidos irrepetibles, pero a su vez, necesarios, es pertinente entender cada sesión como única, no sólo en sus voces, sino también en lo que se calla.

Además, comprendamos que si se habla, es porque se puede decir algo, toda pregunta tiene respuesta, al menos psíquicamente, pues puede articularse y concatenarse a un sistema significante. Si se percibe como incontestable, es por ello que se prefiere callar. En otras palabras, siguiendo a Wittgenstein, “si se puede plantear una cuestión, también se puede responder”, si el analizante calla, hay enigma, pero si el silencio cobra sentido, habrá respuesta. 


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*Este escrito está basado en los apuntes realizados para la conferencia "Sonidos y silencios en el análisis", que impartí para la Universidad Metropolitana de Monterrey, dentro de las Jornadas Psicológicas 2016.

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REFERENCIAS

Evans, D.  (2007) Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano. Paidós. 

Gómez, A. (2009). La voz, ese instrumento. Gedisa. 

Wittgenstein, L. (1999)Tractatus logico-philosophicus. Alianza, 

jueves, 21 de abril de 2016

Kierkegaard: angustia y desesperación en el existencialismo cristiano*




Hijo, amante y escritor

Sören Kierkegaard (1813 - 1855), fue un filósofo danés nacido en Copenhague. Su padre, Michael Pedersen Kierkegaard, a temprana edad comenzó a crear una pequeña fortuna en el mundo textil. La primera esposa de su padre murió en 1796 sin haberle dejado un sólo descendiente. Un año después, Pedersen contrajo matrimonio con Ana Sörensdater Lund, quien era su criada y además una pariente lejana. Ana le dio siete hijos, el último de ellos fue Sören Kierkegaard. Cuando nació, su padre tenía 56 y su madre 44 años, a esta situación atribuyó posteriormente su debilidad física, así como su carácter melancólico, que lo aquejó durante toda su vida, llevándolo incluso a intentar suicidarse en 1836.

Sören fue bautizado en la Iglesia Luterana al mes de nacido y a los quince años, tuvo su confirmación. Su educación religiosa en el hogar, la recibió de su padre, que tenía afinidad con los hermanos moravos, cuya doctrina ponía especial énfasis en el sufrimiento de Cristo crucificado, hecho que lo impactó de tal manera que se sintió presa de angustia frente al cristianismo y de una impresión de temor y temblor, años después, reprochó a su padre haberle adoctrinado en un cristianismo cruel. 

De joven, la relación con su padre, no fue la mejor, de hecho rompió toda comunicación con él, al punto en que solamente los unía el dinero que le proporcionaba su progenitor para vivir sin problema alguno. Su padre falleció el 8 de agosto de 1838, no sin antes haberse reconciliado con Sören, sin embargo, esta muerte dejó la idea muy marcada de una cierta maldición que se cernía en la familia, ya que unos años antes había muerto la madre y cinco de sus seis hermanos, consideró incluso que esto era debido a la relación incestuosa entre sus padres. La fortuna heredada, permitió a Sören vivir tranquilamente y dedicarse el resto de su vida a la escritura. 

En cuanto a su vida amorosa, en 1837 y teniendo él veinticuatro años de edad, conoció a Regina Olsen, el gran amor de su vida, pero en aquél entonces ella tan sólo tenía quince años. Desde ese momento, Sören comenzó el arduo trabajo de seductor, que lo llevó a prometerse en 1840. Fue entonces cuando tuvo la sensación de comprender el error que estaba cometiendo, consideró que realmente su relación nunca lo conduciría realmente al matrimonio, además creía que su fealdad física (era extremadamente delgado, sus piernas eran desiguales y además tenía una leve joroba), su vejez frente a la joven y su carácter melancólico, eran insalvables para concretizar la relación plenamente, por lo que decidió disolver el compromiso en 1841, a pesar de la oposición de Regina. Este suceso, es crucial para comprender, en parte, la propuesta filosófica de Kierkegaard. 

Por otro lado, su vida académica, se caracterizó por la excelencia, a los diecisiete años recibió el diploma de madurez como alumno destacado, en 1840 se licencia en Teología (deseo ferviente de su padre) y en 1841 obtiene el grado de maestría en Filosofía con su tesis Sobre el concepto de la Ironía. En ese mismo año, asiste a la cátedra de Schelling, es en esa época, que escribe en su Diario con respecto a su amada Regina, a quien atribuye haberle enseñado a ser poeta y escritor, porque liberó su vehemente sentimiento de actividad estética. 

La parte final de su vida, la dedicó a los escritos propiamente religiosos, siendo especialmente crítico con la cristiandad organizada y establecida por la Iglesia protestante, se lamenta que después de tantos siglos no haya auténticos cristianos. Sus últimos escritos le valieron una fuerte polémica pública, que al parecer terminó por llevarse sus escasas fuerzas, contrayendo en ese entonces una parálisis de piernas y cayendo al suelo en plena calle. Murió el 11 de noviembre de 1855, a los cuarenta y tres años. 




El filósofo y su obra 

Hablando propiamente sus obras, una característica fundamental es la creación de seudónimos (entre los que se cuentan al menos nueve), para sus diferentes escritos, aunque al parecer, en Copenhague era bien sabido el autor quién se ocultaba tras ellos. Este estilo de escritura lo denominó "comunicación indirecta", por medio del cual hace hablar personajes ficticios sus más recónditos sentimientos y reflexiones, sin identificarse plenamente con ellos, tal es el caso de las primeras obras de su etapa estética, en donde Kierkegaard dedica a Regina las cavilaciones de sus personajes, comunicando de esta forma a su amada, sus propias ideas. Hay un segundo período como escritor del que se extrae su etapa ética, una escritura propiamente filosófica, y por último la etapa de la cristiandad, que representa los escritos netamente cristianos.

El pensamiento filosófico de Kierkegaard, es difícil de enclaustrar en un sistema, debido a que propiamente es un feroz opositor a los mismos, quizá ello explica su mordaz estilo bajo seudónimos que podrían incluso contradecirse si se sintetizaran en uno. 




Breve exposición sobre el existencialismo cristiano

Habitualmente se ha considerado a Kierkegaard como el precursor del existencialismo, a continuación, expondré algunos puntos en los cuales, converge y adelanta algunos aspectos del existencialismo de Heidegger, Jaspers o Sartre, entre otros. 

Comencemos por establecer que Kierkegaard se basa en una oposición radical entre pensamiento y existencia, "la existencia es justamente separación, porque aleja el pensamiento del ser, el sujeto del objeto" (Urdanoz, 2006; 437). Recordemos que etimológicamente existir proviene del prefijo "ex-" cuyo significado es "hacia afuera" y "-sistere", que significa "estar de pie, tomar posición", por lo tanto, existir es "tomar posición afuera de-", es el ser en el estado de diseminación en el tiempo y en el espacio. "El pensamiento, no capta más que el ser pensado, es decir, lo posible y lo pasado. La abstracción no podrá apoderarse de la realidad más que transformándola en posibilidad, o sea, suprimiéndola, todo saber sobre la realidad, es traducción de la realidad a la posibilidad" ((Urdánoz, 2006; 438). En otras palabras, conocer la esencia de la existencia humana, es suponer capacidad cognoscitiva sobre el mundo óntico, algo imposible, por tanto, de aquí se podría deducir la conocida sentencia sartriana "el ser humano es el único ser que la existencia precede a la esencia" (Sartre, 2007), en tanto no se puede pensar la existencia, sino solamente se existe, se está arrojado en el mundo, y a partir de allí, el hombre es posibilidad de ser. Tanto para Kierkegaard como para Sartre, querer captar la realidad desde la lógica, es resolverla en mera posibilidad. 

La existencia concreta no puede ser capturada en conceptos, pues el concepto de existencia es una simple existencia pensada, una representación cognoscitiva del ente. Todo ello lleva a Kierkegaard a exigir retomar al sujeto como centro de reflexión, reconocer la independencia del individuo, de los hombres concretos. La historia, nos dice Kierkegaard, no es una determinación del espíritu absoluto, sino un proceso del imperio de las voluntades libres. 

El pensar del hombre, según Kierkegaard, es un pensamiento subjetivo, de hecho la verdad es la subjetividad, escribe, incesantemente en Post scriptum definitivo no científico de las migajas filosóficas, el pensar es una reflexión sobre su propia existencia. y cuando se toma conciencia de la misma, produce pasión, por lo tanto, la existencia se padece. Si se quiere, poder sujetar la verdad, es necesario, primero dejarse poseer por ella. Sin embargo, la cobardía a la independencia, la soledad y el aislamiento, la mayoría de los hombres quieren fundirse en la masa, incapaces de ser alguien por sí mismos, confían en ser alguien por su número. "Cada individuo que huye en busca del refugio a la multitud, huye así cobardemente de ser un individuo" (Kierkeggard, 2001). Según nuestro filósofo, "una masa en cuanto tal es siempre una falacia, porque convierte al individuo en un ser por completo impenitente e irresponsable o, al menos, porque debilita el sentido de responsabilidad del hombre individual y lo reduce a un fragmento" (Copleston, 2004). En todo género animal, la especie es cosa más alta que el individuo, tan sólo en el hombre, es lo contrario, tal es la causa del cristianismo, según Kierkegaard.  

En cuanto a los estadios de la existencia que propone Kierkegaard, son similares al propio desarrollo de la obra del autor, el primero es el estético, aquél de quien se entrega al hedonismo y al goce de los sentidos, pero pronto se dará cuenta que obedece a imperativos cambiantes de placer, yendo sin cesar hacia nuevos deseos, por tanto, es una vida de aparente unidad, siendo en verdad dispersión. el hombre estético se decepcionará de tal forma de vida, reconociendo entonces el tedio y aburrimiento, es el momento en que el hedonista cae en la desesperación. De esta época, podemos rescatar El Diario de un seductor

Víctima de la desesperación sin haberla nunca escogido, el esteta, se verá obligado a dar un salto cualitativo en el estadio que conforma si vida, accederá entonces al estadio ético. Entonces será el hombre ético verá en su conducta y fin último de su actividad la obediencia del deber, lo concreto poco importa en este nivel, no es tanto hacer tantas cosas como sean posibles, sino haber experimentado la intensidad del deber, de la obediencia al absoluto que deviene personal y propio de cada uno. No obstante, el hombre ético cae en el mundo óntico de lo general, se disuelve su subjetividad en favor de lo que todo el mundo hace o al menos puede hacer, haciendo así que se pierda nuevamente en la masa, haciéndose impersonal. El estadio ético termino, cuando el hombre, sumido nuevamente en la desesperación y angustia de no ser individuo, se arrepiente y da un salto voluntario y libre al estadio religioso, de aquí, se deriva su texto de 1843, La alternativa

Nuevamente, podemos entender este estadio retomando la propia vida del filósofo, en La repetición (1843), hace alusión a Regina, a quien creyó amar, cuando en realidad logró comprender que en ella amaba algo superior, el ideal, es decir, a Dios. La repetición, es decir, lo general (de lo que se viene huyendo), lo aconsejaba seguir la costumbre, desposándola, hubiera sido perderse en la decisión de la masa. Este estadio es caracterizado por una fuerte creencia religiosa, pues la fe es lo que conduce al individuo aislado más allá de los límites de la voluntad general. 

La angustia y desesperación, conceptos popularizados ampliamente de la obra de Kierkegaard, sin embargo, están estrechamente ligados a su pensamiento cristiano, y especialmente a su noción de pecado. El individuo, nos dice, no se realiza, sino en y con el pecado. 

En su noción de angustia, es importante señalar que no es similar al miedo, ya que el miedo nace de algo concreto, pero la angustia es de nada, "la nada engendra la angustia", una frase que bien podría adjudicarse a Heidegger, siendo en verdad de Kierkegaard. La angustia, por lo tanto, no es una un temor a algo exterior, sino que proviene del hombre mismo, es el hombre la fuente de la propia angustia, no obstante, es precisamente esta angustia la posibilidad de la libertad, por otro lado, lo demoníaco es la no-libertad, que se manifiesta como ensimismamiento, aburrimiento, tensión e histerismo, lo demoníaco consiste en oponerse a lo eterno. De aquí se deriva que la angustia junto con la fe son realmente los medios de salvación. 

Por último la desesperación, otro concepto kierkegaardiano, tiende a confundirse fácilmente con la angustia. En su obra La enfermedad mortal o de la desesperación y el pecado, nos habla nuevamente que ésta tiene un significado existencial, a primera vista se desespera de algo, pero esto no es todavía auténtica desesperación, el comienzo de la verdadera enfermedad es cuando se desespera de sí mismo, "mientras el hombre desesperaba de algo, lo que propiamente hacía no era otra cosa que desesperarse de sí mismo, y lo que ahora quiere es deshacerse de sí mismo" (Kierkegaard, 2008), tesis casi idéntica a la planteada por Sartre en La náusea (1938). Y es que desde la angustia se puede girar hacia la fe o hacia la desesperación.

La paradoja, presente por otra parte a lo largo de la obra de Kierkegaard, se resumen cabalmente en su concepto de desesperación, puesto que es precisamente querer desesperadamente ser sí mismo (individuo, subjetividad) y a la vez, no querer ser sí mismo. La desesperación es una rebeldía contra lo eterno en el hombre como un "querer desligar su yo del poder de lo fundamental". En última instancia, el pensamiento de Kierkegaard, ha influido enormemente en filósofos del siglo XX, de la talla de Heidegger en Alemania, Unamuno en España y Sartre en Francia. 
REFERENCIAS

Copleston, F. (2004) Historia de la filosofía VII. Barcelona. Editorial Ariel.
Kierkeggard, S. (2001) Mi punto de vista. Madrid. Ed. Aguilar. 
Kierkeggard, S. (2008) LA enfermdad mortal. Madrid. Trotta.
Sartre, J. P. (2007) El existencialismo es un humanismo. México. Ed. Edhasa.
Sartre, J. P.  (2003) La náusea. México. Losada
Urdánoz, T. (2006) Historia de la filosofía VI. Madrid. Ed. BAC

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*Artículo publicado originalmente en la Revista SuiGeneris, en el número 36, año 2016.


martes, 12 de enero de 2016

Sobre el cambio psicológico perpetuo



Somos el tiempo. Somos la famosa 
parábola de Heráclito el Oscuro. 
Somos el agua, no el diamante duro, 
la que se pierde, no la que reposa.
Somos el río y somos aquel griego 
que se mira en el río. Su reflejo 
cambia en el agua del cambiante espejo, 
en el cristal que cambia como el fuego.
J. L. Borges

La labor del psicólogo clínico, está sujeta básicamente a una demanda: producir un cambio en el paciente, y específicamente, reducir su malestar o incluso eliminarlo. En ocasiones, he escuchado algunos colegas que dicen encontrarse en un momento difícil con la terapia de alguno de sus pacientes, en tanto consideran no estar avanzando o provocando esos cambios deseados. Más allá de la concepción teórica clínica que tenga cada psicólogo, es importante considerar una antropología filosófica subyacente en cualquier tipo de terapia.

Heráclito, filósofo griego del siglo V a.C., postuló una doctrina del flujo perpetuo, para él, la naturaleza es un constante devenir, el dinamismo está presente y no es posible captar las esencias pues aquello que conocemos, al instante ya no es. Así, podríamos incluso afirmar que no es posible aprender, pues nada es aprehensible.

Su aforismo más conocido, es aquél que sentencia: “no es posible bañarse dos veces en el mismo río”. De ella se deriva, a su vez, que no es sólo porque el agua que pasa por él es otra, sino porque incluso el mismo hombre que va al día siguiente también lo es.

Regresando al tema de las terapias psicológicas, es pertinente atender a detalle lo que puede implicar tomar una antropología basada en Heráclito, de donde podríamos extrapolar y asumir que no es posible tener dos sesiones idénticas, no sólo porque se dan en tiempos distintos, sino incluso porque aquél hombre que llega a terapia ya es otro, el devenir es imparable, el sujeto aquejado que se presenta cada día al consultorio, es otro, a su vez, nosotros también lo somos, y desde allí, maravillarnos en las diferencias y el encuentro con la novedad, los sutiles cambios que en realidad son nuevas existencias. Todo cambia, y a su vez permanece. Deshacerse de certezas y encontrarse con el otro, uno distinto, y no pensar en la imposibilidad del cambio, pues éste se da incluso en contra de nuestra voluntad.

Una queja recurrente que escucho por parte de los familiares de los pacientes, o simplemente de gente común, es que “las personas no cambian”, me parece obvio que todo psicólogo debería estar convencido de la falsedad de esta afirmación, pero yo me aventuro no sólo a negarla, sino a comprobar la mentira que encierra. En verdad, lo que la queja quiere decir es “esta persona sigue sin hacer o pensar lo que yo quiero” o “cambió, pero me sigue sin gustar”, lo cierto que es que mudamos sin cesar, lamentablemente, no para el beneplácito de los semejantes, que quizá no lo sean tanto.

Borges le dedicó dos poemas a Heráclito, me limito a cerrar con un fragmento, que acaso sea distinto al epígrafe que he elegido para iniciar.

Somos el tiempo. Somos la famosa 
parábola de Heráclito el Oscuro. 
Somos el agua, no el diamante duro, 
la que se pierde, no la que reposa.
Somos el río y somos aquel griego 
que se mira en el río. Su reflejo 
cambia en el agua del cambiante espejo, 
en el cristal que cambia como el fuego.


domingo, 18 de octubre de 2015

Identidad y Diversidad, de la filosofía a la cultura*


Multiplicidad azulada. Aurelio Guerra. Acrílico sobre lienzo.


Cuando se me encomendó abordar el concepto de diversidad en esta charla, de inmediato consideré su contraparte; la identidad. La diversidad, es una noción que hace referencia a la diferencia, la variedad, la abundancia de cosas distintas o la desemejanza. Aunque el término diversidad no tiene una tradición filosófica, éste se vincula directamente con lo que en filosofía se conoce como particulares. Y de la misma forma en que a la diversidad se le contrapone la identidad, a lo particular, el universal.

Comenzaré, pues, comentando un poco sobre el término Universal, por ser el que quizá más debate ha suscitado a lo largo de la historia de la filosofía. En el Medievo, por ejemplo, uno de los grandes debates, además del teológico, es acerca de la existencia de los Universales.

Algunos filósofos medievales, entendían a los universales, como los términos que le son comunes a un conjunto de entes y que se identifican con la esencia. Los seguidores  de Aristóteles, argumentaban que el universal se predica por la naturaleza de varios entes, dando lugar así a la coincidencia de la esencia con el carácter abstracto. En otras palabras, lo Universal es aquello común que comparten un grupo de individuos. Esta posición se mantuvo en controversia con el denominado nominalismo, corriente que sostenía que los universales son sólo un concepto, un nombre con el cual designamos un conjunto de seres distintos. Además de estas dos posiciones, está la teoría del realismo objetivo, que postula, junto con Platón, la realidad ontológica de los Universales, independientes de los entes particulares.

Por su parte, el término de identidad, es uno de los más importantes para la creación de la lógica clásica, en tanto que la misma basa su saber en tres principios conocidos intuitivamente, el primero es el principio de no contradicción (no es posible que algo sea y no sea, al mismo tiempo, y bajo la misma consideración); de él se sigue el de identidad (algo es igual a sí mismo) y el de igualdad (dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí). De lo anterior, destaco nuevamente el concepto de identidad, aquello que es igual a sí mismo, pero, en el hombre y en las culturas, ¿cómo mantener el principio de identidad diferenciándonos radicalmente del resto y a la vez mantenernos incluidos en una visión que nos sea común a todos?, ¿es posible la multiculturalidad en un mundo que aboga por Derechos universales y principios fundamentales sin tomar en cuenta origen, religión, ideología, etc.? O, en términos de filosofía clásica, ¿cómo armonizar la teoría de la existencia de particulares en relación a un Universal esencial y común a todos los hombres?, y en términos prácticos, ¿cómo dignificar la diversidad en medio de un mundo que impone y genera obligaciones fácticas e ideológicas?

La apuesta se centraría en rechazar la tesis pesimista “el infierno son los otros”, expresada por Sartre en su famosa obra teatral, A puerta cerrada. Si tomáramos esta como una visión correcta al respecto de la otredad, del semejante, del prójimo, tendríamos que recordarnos constantemente; “yo soy el otro del otro”, dando lugar así a un verdadero averno entre individuos. ¿Cómo superar esta pesimista visión antropológica y cultural? Quizá siguiendo a Rimbaud quien escribe; “Yo es otro, ¡tanto peor para la madera que se descubre violín!”. En otras palabras, el conocimiento de sí mismo es dinámico, incompleto y precario, por lo mismo, la tolerancia y respeto hacia el otro debe mantenerse en el mismo nivel que a uno mismo, haciendo de la ética un cuidado de sí mismo y del otro.

La diversidad cultural, se refiere a la convivencia e interacción entre distintas culturas, incluso tomando a la propia diferencia como parte de un activo importante de la humanidad. Ésta, ha sido objeto no sólo de estudios teóricos y conceptuales, sino también políticos y normativos. Todo ello, debido a la intención de imposiciones culturales de tintes hegemónicos, y es en estos casos en los cuales el gobierno y las instituciones velan por proteger a la cultura que tiene menos poder para garantizar su subsistencia y, de esta manera, asegurar la diversidad cultural.

Un claro ejemplo de ellos es La Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, proclamada por la UNESCO en noviembre de 2001. En donde establece a la diversidad cultural como patrimonio de la humanidad y factor de desarrollo. Así mismo, la vincula estrechamente con los derechos humanos, como garantes de la misma.


Para terminar, resalto y suscribo la importancia de retomar de manera constante los derechos humanos y el respeto a la diversidad en todos sus ámbitos, ejemplo de ellos son los colectivos de minorías que luchan constantemente por un lugar digno en el entramado complejo cultural. Desde aquellos que pugnan por la diversidad sexual y el respeto a la existencia de distintas orientaciones e identidades sexuales, hasta los grupos políticos y organizaciones no gubernamentales que luchan por la inclusión de los marginados, las etnias o los grupos indígenas históricamente aislado, todos ellos tienen la voz y su justo lugar, al menos, si nos consideramos una sociedad plural, las opiniones de los otros deben ser bienvenidas y sometidas a juicio, al igual que las del resto de nosotros, dándoles un lugar en el recuerdo o el olvido, en última instancia en el aprendizaje de ser uno en la multiplicidad. 

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*Este escrito, es realizado a partir de algunos apuntes que realicé para la charla "Salud, Paz, Arte y Diversidad", enmarcado en los "Diálogos con Café" del Festival Santa Lucía 2015. 



jueves, 2 de julio de 2015

¿Y si prestamos atención?





"Si una persona, por motivos temperamentales,
necesita actuar, aconsejar, entrometerse,
provocar los cambios que considera beneficiosos[...],
esta persona no debe salirse del dominio de su especialidad"
D. Winnicott



Cada vez me ha resultado más frecuente escuchar ciertos "diagnósticos psicológicos" provenientes de profesionistas ajenos a la salud mental, ya sean médicos, pediatras, profesores, trabajadores sociales, e incluso embusteros sin escrúpulos, como quienes se dedican a leer el tarot, el café o cuanta cosa les venga en gana leer. Si bien, me parece algo alarmante la popularización de ciertos términos (no sólo psicológicos, sino psiquiátricos e incluso psicoanalíticos), lo que me parece aún más inquietante es que no logren escuchar en ocasiones la razón que puedan llevar sus palabras.

No hace mucho tiempo, supe de cómo desestimaba una maestra un trastorno de autolesión (denominado comúnmente como  "cutting" o " self-injurious behavior") que sufría su alumna de 15 años. Aun cuando aceptaba que la adolescente se infringía autolesiones cortándose con una navaja la parte interior de sus muslos, ella sostenía que en realidad "no tenía nada" y que lo único que le pasaba era que "quería llamar la atención". Su criterio para ignorar la conducta de su alumna, era su propia experiencia profesional como maestra, que implicaba más de dos décadas frente a grupo de adolescentes, por lo cual, se autorizaba a sí misma a discernir sobre problemas psicológicos "reales" de aquellos "falsos".

Si bien es probable que no categorizar en cierta patología la conducta de su alumna, ayuda a no crear estereotipos en un momento de la vida en que los sujetos buscamos referentes a los cuales ampararnos y desde ahí abrevar una identidad más o menos estable. No es menos cierto que obviar una conducta dañina para la propia persona es sumamente cuestionable. Basarse únicamente en conocimientos cotidianos de la experiencia docente recabada en décadas, sin tomar en cuenta la profesión y pericia de quienes en los últimos años se han involucrado en el ámbito educativo, considerando el campo de la salud mental, es suponer que los propios conocimientos son suficientes para satisfacer las necesidades del otro, que dicho sea de paso, siempre estará insatisfecho.

Ahora bien, como mencioné anteriormente, lo que realmente me preocupa es que no se logre escuchar el acierto que podría llevar el propio error. En la desestimación, la maestra dice que "sólo quiere llamar la atención", ¡eso es!, ¡la alumna puede ser que lo haga queriendo llamar la atención!, sin embargo, incluso en algo tan delicado y grave como un corte sobre la piel, no logra ser tomada en cuenta por la maestra, quien en el ámbito escolar ocupa el lugar de autoridad y saber. Pensemos a qué nivel tiene que llegar un sujeto que para ser vista por el Otro requiere hacerse daño a nivel físico, y que, aún así, se le ignore.

Algo similar podríamos pensar con el diagnóstico de "trastorno por déficit de atención", si lo tomamos al pie de la letra, lo que nos indica es que se está trastornado por tener poca atención. Quizá esos niños a quienes medicalizamos y diagnosticamos bajo las siglas TDA, lo que les pasa es justamente que no tienen la atención suficiente, ¡pero de los padres!, y cuando llegan a la escuela, hacen todo lo posible por llamarla, sin embargo, somos tan ciegos que lo único que vemos es un trastorno, continuando así la cadena de ignorantes.

Prestemos atención, que muchas veces es lo que se quiere y manifiesta bajo conductas tipificadas como dañinas o inadaptadas.


jueves, 25 de diciembre de 2014

La sinceridad en la hipocresía




Es por demás común escuchar en esta época a personas que ponen de relieve la exacerbada hipocresía que se destila por navidad. La crítica se orienta a señalar que de nada sirve abrazar a alguien un día y hacerle saber el afecto que se le tiene, si al siguiente día, u horas después, se actúa totalmente de forma contraria a las palabras antes proferidas, por lo cual, optan por oponerse cabalmente a este festejo cristiano. 

El ataque intelectual, por otra parte, proviene de quienes recuerdan que en realidad la navidad es una tradición con un crisol milenario de fiestas paganas, desde los antiguos romanos y “la fiesta del nacimiento del sol invicto”, correspondiente al solsticio de invierno en el cual la noche más larga del año se lleva a cabo, y por ende, la duración de los días comienza a ser cada vez mayor. Hasta las festividades de Saturnalia (en honor a Saturno, dios de la agricultura) en donde se hacían regalos. O quizá recuerdan la fusión intrínseca con la celebración del dios persa,  Mitra, que coincide con el 25 de diciembre, además de la fundición con rituales celtas que propiciaron los árboles decorados (Cfr. El Castellano). 

No olvidemos por último, el argumento marxista por antonomasia para desestimar la navidad, aquél que habla sobre la comercialización, el capitalismo, la enajenación y el fetichismo de la mercancía. 

En última instancia, lo que me parece que obvian todos ellos, es que durante la navidad aparece un fenómeno psicológico equivalente, sólo en su contrario, al de otra fiesta pagana: el carnaval (celebración que fusiona también desde festividades romanas hasta egipcias). 

Una posible etimología de “carnaval” refiere que proviene de “carne-levare” que significa “adiós carne” o “echar fuera la carne”, es un festín para despedir a la carne, justamente antes del comienzo de la cuaresma, en donde la purificación del cuerpo se propicia por la abstinencia y el sacrificio, por lo tanto el carnaval es el período de permisividad a la posterior represión de los placeres, propia de la cristiandad. 

Sigmund Freud, en su libro Tótem y tabú relacionó las fiestas totémicas con un exceso permitido; la violación solemne de una prohibición, es decir, la eliminación momentánea del tabú. En este mismo sentido, el carnaval funciona como fiesta en la cual está permitido dar rienda suelta a los placeres carnales, la posibilidad de aquello que está prohibido el resto del año. Algo parecido podemos observar con el fenómeno universitario de los “spring breakers”. 

Regresando a la navidad y la aparente hipocresía de cariño y fraternidad, habría que considerar que con ella sucede algo parecido al carnaval, pues es durante este día, en que se da una suspensión de ciertas reglas sociales y morales que nos dictan un comportamiento respetuoso con el otro, hasta el punto de no abrazarlo o darle un beso, así mismo, es posible en función de la permisividad del día, volver a cruzar palabra con quienes el orgullo y la dignidad nos impiden hacerlo el resto del año. Lo anterior no implica que al día siguiente cambiemos y nos reconciliemos, ni tampoco que volvamos a abrazarnos cada vez que nos veamos, sino solamente es el momento anual en el cual se nos está permitido externar afecto y recibirlo sin necesidad de una cuidadosa interpretación moral. Es probable que en poco tiempo, ese abrazo que fue sincero en el momento, en retrospectiva se piense hipócrita y aparezcan interpretaciones acerca de lo acontecido durante este día, ayudando a regresar a todos al lugar en el cual sabemos des-envolvernos. 

Así pues, la navidad es un día en el cual se suspenden ciertas restricciones y permitimos hablarnos y estrechar un lazo que quizá dure tan sólo unos minutos, pero no por ello es hipócrita, ya que sólo lo será en función de la interpretación posterior que demos de él. 


jueves, 16 de octubre de 2014

“Filosofa, pero no aquí…”




Dentro de mi formación profesional, he optado además de la Universidad y lo autodidacta, por grupos de estudio no institucionalizados. Entre ellos, hay un círculo de estudio psicoanalítico al que pertenecí por más de siete años y que hace apenas unos días me vi obligado a abandonar por razones totalmente externas a mi voluntad. 

Entre otras acusaciones, se me ha dicho que genero preguntas ajenas al campo psicoanalítico en aras de mostrar inconsistencias y errores de la teoría, es decir, hacer filosofía en donde de lo que se trata es de psicoanálisis. Un argumento en mi contra, es que para estudiar psicoanálisis tenemos que “presuponer” muchas cosas, y a partir de ahí comenzar nuestra disertación. Así mismo, se me acusó de no considerar el interés de mis compañeros de estudio y preguntar algunas cuestiones que únicamente me interesan a mí, por último, también se me dijo que me desenvuelvo en un cómodo papel de ignorante que no asume una postura, para desde ahí sólo preguntar y nunca ser capaz de posicionarme en una perspectiva particular. 

Aun cuando respondí en su momento y a la persona que lanzó tales acusaciones en mi contra, me siento en el deber de responder también en este espacio, ya que estas cuestiones me parecen que rondan en más de un grupo psicoanalítico que marginan a quienes no coinciden cabalmente con la posición que ostentan. 

A la primera acusación sobre realizar cuestionamientos epistemológicos al psicoanálisis, me opongo firmemente a pensar que “hacer psicoanálisis” es únicamente hablar de la clínica. En última instancia, el saber psicoanalítico descansa en una teoría que, se quiera o no, responde a una epistemología y una ontología. Si la manera “correcta” de pensar el psicoanálisis es obviando estos aspectos, y dejándolo de lado en nombre de que “eso es filosofía”, entonces los psicoanalistas estamos condenados a seguir realizando congresos para nosotros mismos, en un onanismo intelectual que se puede presenciar en muchos eventos de grupos psicoanalíticos. 

A la segunda acusación sobre no considerar el interés grupal en mis preguntas y forma de abordar los temas a tratar, me parece absurdo, si no es que ingenuo, pensar que alguien puede lanzar una pregunta genuina esperando ayudar al otro. Un verdadero ejercicio intelectual se realiza con uno mismo, entre colegas y maestros, pero en el último de los casos, las interrogantes lanzadas siempre serán desde la particularidad y el interés único del que las hace, de hecho, los grupos de estudio surgen de la convergencia de intereses comunes pero no por ello idénticos. Lo que quiero expresar, es que pienso que toda pregunta genuina, es particular y nunca en función del grupo. La subjetividad del interés del conocimiento juega un papel fundamental es aquello que formulamos. 

Por último a la tercera acusación, sobre no tomar postura al respecto del psicoanálisis, basta revisar los escritos en este sitio desde el año 2009, en donde públicamente me posiciono al respecto de múltiples cuestiones tanto filosóficas como psicoanalíticas. Doy mi nombre en las diversas redes sociales y en este espacio, para desde aquí, argumentar y defender aquél lugar al que he llegado tras una o muchas reflexiones. Es impertinente hacerme pasar por alguien que no es capaz de tomar posición, para muestra, las decenas de artículos aquí publicados, los seminarios en los que he participado como ponente, así como las conferencias y mis clases universitarias. 

Lamento enormemente haber sido expulsado de un grupo al que le debo no sólo respeto, sino cariño, sin embargo, me encuentro ahora con que no era el lugar para pensar, para dialogar desde otros saberes o para exponer formas alternas de concebir al psicoanálisis. Maestro, lo siento, pero en esta ocasión estoy seguro de que se equivoca, filosofar no sólo es posible, sino necesario, allí y en cualquier otro sitio. 

lunes, 30 de junio de 2014

La supremacía del valor de la vida en el ateísmo





El existencialismo no es de este modo 
un ateísmo en el sentido de que se extenuaría 
en demostrar que Dios no existe. 
Más bien declara: aunque Dios existiera, esto no cambiaría; 
he aquí nuestro punto de vista. No es que creamos que Dios existe, 
sino que pensamos que el problema no es el de su existencia; 
es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y
se convenza de que nada pueda salvarlo de sí mismo, 
así sea una prueba válida de la existencia de Dios.
J. P. Sartre. El existencialismo es un humanismo


En reiteradas ocasiones he escuchado como argumento a favor de la vida, la creencia en la existencia de dios, comúnmente se considera que el creer en él hará que la vida tenga una trascendencia y por lo tanto una importancia mayor, haciendo así que se deba velar por ella, ya que el hombre no acaba tras la muerte física. El dictado teológico indica por lo tanto, que debe protegerse hasta su muerte natural para su adecuada trascendencia espiritual.

Mi posición e interpretación es diametralmente opuesta, considero que es precisamente la no creencia en la existencia de dios (aquí no estoy discutiendo si existe o no, sino las consecuencias de creer en él o negarse a hacerlo) es lo que hacen que el actuar y la valoración de la vida se vuelva aún más importante. 

Si en la esencia del ser humano está la inmanencia, es decir, su existencia real perece junto con el cuerpo, ya que su ser se agota en sí mismo, entonces la vida material se vuelve un asunto de mayor interés. A diferencia de considerar que se trasciende tras la muerte física, el inmanentismo realzará la vida material y por consiguiente las decisiones tomadas alrededor de ella se convierten en fundamentales. 

Bajo una perspectiva teísta, la vida material se subordina a leyes divinas o religiosas dictadas por el ser superior, mientras que en el ateísmo, el orden universal está ausente y sólo es posible entonces construir el mejor mundo posible para postergar la inevitable muerte y la pérdida de conciencia de manera perpetúa. 

Es claro que aquí estoy reduciendo la problemática a únicamente dos posturas en sus extremos, entiendo que también un panteísmo resolverá la angustia de la muerte y la inmanencia en la creencia de una reintegración o continuidad con el todo, así como otras alternativas de respuesta ante lo inusitado que nos presenta la muerte. Sin embargo, la mayor parte de los sujetos, colocan su creencia en los dos postulados aquí enunciados; hacen del ser humano un ser trascendente y por ello la vida material se subordina a una vida supranatural, o bien, consideran que la materia es lo único que existe, y con ello se convierte la vida terrenal en el punto más importante y valioso sobre cualquier otra existencia. 



sábado, 14 de junio de 2014

El psicoanálisis ante el suicidio



“La muerte propia no se puede concebir; 
tan pronto intentamos hacerlo podemos notar 
que en verdad  sobrevivimos como observadores. 
Así pudo aventurarse en la escuela psicoanalítica esta tesis:
 En el fondo, nadie cree en su propia muerte, 
o, lo que viene a ser lo mismo, 
en el inconsciente cada uno de nosotros 
está convencido de su inmortalidad”
S. Freud. Nuestra actitud hacia la muerte (1915)


En múltiples foros, artículos, libros y demás, se insiste en distinguir al psicoanálisis de la psicoterapia. La insistencia radica en resaltar el hecho de que el psicoanálisis no pretende “curar” en su sentido adaptativo que suele usarse en el campo “psi” y cuya teleología pertenece prácticamente a toda psicoterapia. Otro punto que se reitera es que desde la perspectiva psicoanalítica no existe verdaderamente un modelo de salud-enfermedad; digamos que todos somos poseemos un cierto grado de “patología” (bastante claro este punto con el título del clásico texto freudiano Psicopatología de la vida cotidiana, es decir, la vida misma contiene normalmente elementos patológicos o al menos sintomáticos). 

Desde una lectura de esta índole, el sujeto que acude a un psicoanálisis y cuyo motivo que lo lleva es un intento de suicidio, o al menos pensamientos recurrentes sobre ello, el psicoanalista tiene frente a sí a una persona que dista de comprenderla como enferma mentalmente, pero esto no significaría que no deba plantearse como objetivo impedir el suicidio. 

Por un lado, los más extremistas psicoanalistas plantean que la labor real de un psicoanálisis es interpretar y hacer consciente lo inconsciente, responsabilizando de esta manera al Yo de aquellos deseos que reprime; si el resultado de esta labor conduce al sujeto a la felicidad o a la adaptación, es una finalidad secundaria ajena a la propia labor del psicoanalista. Si reducimos al psicoanálisis de esta manera, un acto como el suicidio durante el análisis podría incluso leerse no como un error o falla del mismo, si no como la asunción del deseo de muerte. 

Me parece que una lectura de esta índole es errónea y reduccionista, si bien coincido en que el objetivo del psicoanálisis no es adaptar a una sociedad que en sí misma ha generado como síntoma a las psicoterapias, tampoco considero apropiado desmarcarse de una responsabilidad clínica y social hacia la persona que se hace psicoanalizar. 

El psicoanalista, cuando recibe a un sujeto con una tentativa de suicidio, el planteamiento que debe imperar es considerar inadecuada dicha vía como solución al conflicto interno que presenta y acude a mostrar. Si bien, hay que tener en cuenta no fungir inmediatamente como una madre protectora que cuida y consciente, tampoco tendría por qué no pensarse que un objetivo per se sea el impedir el suicidio. 

Ante el psicoanalista, se presenta un sujeto psíquico escindido, cuyo Yo débil y sufriente acude y demanda ayuda, en realidad, de alguna manera el Yo continúa negando que la muerte se dé en el suicidio, es decir, lo que en realidad pretende es la incesante búsqueda de placer, no la desaparición misma de su conciencia, sino la huída del dolor. Si bien, los motivos por los cuales el suicidio aparece como una vía de solución, el analista los tiene que comprender entonces desde la lógica de la metapsicología, en donde los conflictos entre las diversas instancias psíquicas y las pulsiones generan sufrimiento en el Yo, todo lo hace desde una búsqueda de recuperación o mantenimiento de la vida del sujeto. 

En última instancia, es cierto que el psicoanálisis no pretende curar, hacer feliz o adaptar, sino tan sólo –como bien insistió Freud en su definición de la salud psíquica– devolver la capacidad de amar y trabajar, adjudicar al Yo su miseria humana y hacerlo capaz de enfrentarla sin la necesidad de un pasaje al acto irreversible. 


jueves, 29 de mayo de 2014

¿Leyes morales o leyes ontológicas embrionarias? A propósito de la discusión a la reforma de la Constitución Política de Nuevo León



En Nuevo León (México) se ha desatado una intensa polémica por el cambio que se ha propuesto a la Carta Magna de dicho Estado, en la cual se pretende reconocer, proteger y tutelar a todo “ser humano”, pero entendido a éste como existente desde el momento de la concepción hasta su muerte natural. En la actual legislación, sólo se establece que “toda persona en el Estado de Nuevo León tiene derecho a gozar de los mismos [derechos humanos fundamentales] y de las garantías que consagra esta Constitución” (Artículo 1), lo que se intenta es incorporar no un planteamiento de “persona jurídica” sino de “ser humano”.

Ciertos grupos “pro-aborto” entienden a esta iniciativa como una "ley antiaborto", aunque realmente en Nuevo León el Código penal ya establece en su artículo X al aborto como un delito, entendiendo a éste como “la muerte del producto desde la concepción y en cualquier momento de la preñez”; las penas oscilan de los 6 meses a 3 años de prisión. Los casos en que no es punible son cuando corre riesgo la vida de la madre gestante, o de un grave daño a su salud, además de los casos de violación. En resumen, realmente en Nuevo León el aborto no es legal, sino que incluye excepciones a la pena (siguiéndose considerando delito), es interesante que en el Estado vecino de Coahuila el Código Penal incluye como aborto por motivos graves cuando haya “temor razonable de graves alteraciones congénitas o genéticas del producto”, y la pena va de 3 días a 6 meses de prisión. Aún cuando sigue considerándolo un delito, la atenuante de la malformación fetal otorga un grado menor de pena, caso que Nuevo León no contempla. 

La iniciativa propuesta y aprobada ya por el Congreso, lo que realmente busca no es hacer del aborto un delito, en tanto ya es considerado como tal, sino impedir leyes posteriores que hagan del aborto un derecho sanitario, como lo es en el Distrito Federal. Además las consecuencias de esta aprobación, se verán reflejadas cuando propongan cambiar el Código Penal para impedir el aborto por violación o en casos de riesgo a la salud o la vida de la madre, en otras palabras, las secuelas reales no están en impedir el aborto voluntario determinado por una ley de plazos (como lo hace el Distrito Federal o los países en donde es permitido), sino tutelar al embrión estableciéndolo como ser humano protegido legalmente por el Estado de derecho. 

Desde mi particular punto de vista, la discusión y argumentos de quienes intentan impedir esta nueva legislación e incluso promover una ley de plazos para el aborto voluntario, deberían estar encaminados en otro sentido, ya que argumentar como un derecho de la mujer el aborto, es insostenible en tanto no existe tal en Nuevo León y esa no es la discusión de esta propuesta, además la discusión por parte de los grupos impulsores de esta iniciativa no está en restringir o negar un derecho a las mujeres, sino en otorgar uno al embrión, pues lo comprenden como “ser humano”, si lo entendiéramos todos de esta manera, entonces sería imposible promover el aborto, ya que es equiparable al homicidio. La modificación a la ley es a favor del embrión, no es contra de las mujeres. Por lo cual los argumentos, al menos momentáneamente, tienen que ser en relación a porqué el embrión no debe poseer esos derechos. 

El embrión, desde el momento de la concepción, ciertamente es “una vida humana”, sin embargo, dicha vida para quienes están a favor del aborto (a partir de aquí me incluyo), entendemos que debería de tener menor protección jurídica en el choque de derechos entre él y la mujer gestante. Es decir, la "vida humana" no debe ser elevada a un rango inviolable en todos los casos, sino que se debe entender al “ser humano” y sus posteriores derechos fundamentales y civiles otorgados por una gradación que el propio Estado provee, por ejemplo, en el caso del derecho civil a votar, lo conseguimos al llegar a una edad biológica de 18 años (existimos para el Estado como personas jurídicas desde el nacimiento, no desde la concepción), dicho derecho civil no es fundamental, sino obtenido bajo ciertos parámetros. De esta misma forma, el embrión no debe ser protegido ni tutelado por el Estado como un bien jurídico, ya que la mujer ha conseguido derechos que el embrión aún no posee (autonomía), la propuesta lo que intenta es otorgar un derecho fundamental al embrión (derecho a la vida) y en ese caso sería mayor que un derecho a la autonomía sanitaria de la madre, que no es un derecho de primer orden.  

La verdadera discusión es más profunda que el derecho o no al aborto, lo que está en juego es el estatuto ontológico del embrión, por un lado quienes pretenden tutelarlo otorgan estatuto de ser humano, mientras que quienes defienden el aborto libre, conciben al embrión como “una vida humana” sin valor jurídico positivo (en el caso del embarazo y que la mujer desee continuar con él, el gobierno brinda los servicios sanitarios correspondientes a favor de la salud de la madre, inicialmente no del embrión). Lo que también debe preocuparnos no es sólo la visión de restricciones a derechos (pues todos los derechos son limitados), sino la autocomprensión de seres humanos que tenemos, si pretendemos entender como ser humano a toda vida biológica genéticamente humana, entonces no sólo hace imposible el aborto en cualquier circunstancia, sino que también impedirá la discusión posterior a la eutanasia, o incluso podría llegarse a un planteamiento irracional de la protección de la vida sobre cualquier precio, promoviendo políticas de encarnizamiento terapéutico para evitar la muerte biológica. Estamos enfrente del reduccionismo biológico del ser humano a un conglomerado de genes, así sean dos, tres (como en el embrión) o incluso millones (como los adultos), parece ser que somos sólo eso.

Mi perspectiva es que el embrión humano no es un ser humano como tal, ya que no posee las características que harán posteriormente posible determinar la muerte tal como la entendemos aún hoy, en otras palabras, dependiendo también de cómo concebimos qué es la muerte del ser humano, podemos entender qué es la vida. Antes se entendía el arribo a la muerte natural con la parada cardiorespiratoria (aunque ahora se puede evitar por medio de aparatos hospitalarios), entonces se giró a entenderla como la “muerte cerebral”, sin embargo, se puede llegar a tener muerte de la corteza cerebral (conciencia) y seguir con funciones autónomas como la respiración y la frecuencia cardíaca, o incluso tener muerte cerebral total y continuar con dichas funciones artificialmente. En cualquier caso, el embrión no posee ni cerebro ni pulmones o corazón, mucho menos conciencia, por lo cual dista de poder entenderse a la muerte del embrión como un homicidio o una muerte de un ser humano, es, como he dicho, una muerte de un embrión humano que jurídicamente no debería poseer la misma protección que la mujer gestante.