jueves, 12 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
por José Vieyra Rodríguez
"Faciendo peccatum, Deus non peccat"
Guillermo de Ockham
Guillermo de Ockham
El hombre es un ser que posee razón y con ella se pregunta por la existencia real de entidades no necesariamente substanciales. Es a través de su capacidad racional que el hombre conoce que los entes son materiales (físicos) o inmateriales (racionales). Dios eminentemente no es materia, por tanto es un ente inmaterial, y en tanto que los entes inmateriales son racionales, Dios es racional.
Señalemos que Guillermo de Ockham es el máximo impulsor de la escuela filosófica denominada nominalismo, la cual subraya que sólo existen los entes particulares y en cuanto a los universales y conceptos son sólo nombres vacíos y sin contenido real.
Según Ockham el conocimiento abstractivo es aquél que posibilita la existencia de los entes racionales en la mente del hombre, pero en tanto que sólo existen en la mente, no son verdaderos, y si Dios es racional se sigue que Dios no existe verdaderamente.
Concluimos, Dios es racional, es decir, un concepto el cual no tiene existencia verdadera fuera del nombre que se le da y fuera de la mente del hombre. Por tanto Dios es una creación sin validez fuera del particular entendimiento de cada individuo.
De lo anterior se sigue la dialéctica que hasta los días corrientes nos ocupa, es decir, si se admite la existencia de Dios no se le concibe como ser racional, y en tanto quien admite a Dios como ser racional lo reduce a un producto de la mente del hombre.
Este problema nos es heredado por la filosofía escolástica, particularmente por Guillermo de Ockham.
sábado, 24 de octubre de 2009
por José Vieyra Rodríguez
La ética, etimológicamente, proviene del vocablo griego ἦθος (ethos), palabra que originalmente designaba a la morada o lugar donde se habita, pero terminó por ser entendida como el carácter o modo de ser de alguien [1], debido a esto se ha entendido comúnmente, incluso estudiosos de la lengua griega [2], al término ἦθος como costumbre, igualmente hallamos esta equiparación en algunos filósofos que se han dado a la tarea de realizar bastos diccionarios [3].
Encontramos aquí un primer tropiezo, pues hay también quien asegura que los griegos tenían dos palabras para referirse a cada uno de los significados anteriores, por un lado está εθος (con épsilon, cuya pronunciación es corta) para referirse a la morada, mientras que ἦθος (con eta, cuya pronunciación es más larga) lo utilizaban para referirse propiamente al carácter [4], por lo que al hablar de ἦθος debe comprenderse que se constriñe al carácter del hombre y no a una costumbre, pues las costumbres varían conforme al espacio y tiempo, mientras el carácter referido por lo griegos no era entendido de la manera en que actualmente se hace, pues para los escritores griegos [5] no hay un carácter individual (como lo hace ver la psicología moderna) sino un carácter propio del hombre, pues “todos los escritores griegos, desde los tiempos primitivos, no tienen su raíz en el cultivo de la subjetividad, como en los tiempos modernos, sino que pertenecen a su naturaleza. Y cuando alcanzan conciencia de sí mismos, llegan por el camino del espíritu al conocimiento de leyes y normas objetivas cuyo conocimiento otorga al pensamiento y a la acción una seguridad antes desconocida”[6] .
Observamos como la disputa sobre la etimología de la palabra “ética” comienza a gestarse en el terreno de la interpretación, ya no de un texto a modo de una exégesis o hermenéutica rigurosa, sino de una verdadera sobre-interpretación de algunos signos lingüísticos para determinar a un concepto filosófico.
Regresando un poco, nos topamos aquí con un problema el cual no ha sido superado todavía, pues vemos que dependerá de la opción que se tome en cuanto al origen etimológico de la palabra para poder limitar su extensión, detengámonos un poco más en este aspecto, pues si seguimos a quienes nos proponen, como Ferrater Mora, entender a ἦθος como costumbre pararemos en la siguiente conclusión; desde la filosofía aristotélica parece indicar que el término ético “es tomado primitivamente solo en un sentido de adjetivo […] pues las virtudes éticas son las que se desenvuelven en la práctica y las dianoéticas las que son propiamente intelectuales” [7], pero rápidamente entramos en contradicción al intentar seguir su propia concepción del término ética pues continúa diciéndonos “las primeras tienen su origen directo en la costumbre y el hábito […] mientras que las segundas pertenecen a las virtudes fundamentales, las que son como los principios de las éticas” [8], realmente no interesa aquí el adjetivo “ética” pues sería sinónimo de costumbre, así que podemos entender entonces que hay “virtudes acostumbradas” (las que guían al comportamiento) y virtudes que dan sustento a las anteriores (como la sabiduría y la prudencia), así la ética se subordina al concepto de αρετή [areté], es decir de la virtud, aquí podemos encontrar quizá el origen de la con-fusión de αρετή y ἦθος, para terminar por entender cómo la ética pasó a ser el estudio propio de las virtudes independientemente de su contexto social, pues no debemos olvidar que los griegos encuentran primordial fomentar el αρετή en el ciudadano griego, he aquí la importancia de dicho término desde Homero hasta Platón, culminando en la fusión con ἦθος en Aristóteles.
Si seguimos este camino, estrictamente hablando la ética sería el estudio de las costumbres, o bien, interpretando, concluiríamos diciendo que es el estudio del comportamiento que se dirige (teleología) a una virtud, pero aquí encontraríamos un problema no vislumbrado con anterioridad, ¿qué es la virtud? Pues las virtudes, de ser cualidades esperadas en el hombre, ¿cómo puedo saber cuáles son verdaderamente? Nos dirigimos ahora a un problema de valoración de cualidades además del universal en cuanto ellas.
Si por el contrario, seguimos a quienes proponen comprender a ἦθος como carácter, habríamos de decir que la ética es el estudio del comportamiento de las personas en su obrar, pero dicha definición no tiene parámetros reales para evaluarse, es decir, ¿cómo podría ser estudiado un comportamiento sin algo con qué evaluarlo? Un estudio puramente comportamental sin juicio de valor nos daría lo que en psicología se conoce como registro de conductas por medio de observación, sin nada con qué comparar o contrastar. Ahora, si enmarcamos el concepto carácter dentro de la sociedad griega, encontramos cómo la evolución y concepción del carácter es también ambigua, así, el carácter no es el mismo el esperado de un guerrero que el de un esclavo o el de un filósofo, una vez más, el referente es establecido por los griegos desde una visión ideal de ellos mismos.
La situación se complica aun más, pues si intentamos comprender la relación entre ética y moral, la solución será una vez más la misma. Rastrear la etimología según convenga comprender y desde aquí comenzar a construir la definición. Veamos.
La palabra moral proviene del latín mos (caso nominativo singular) y significa costumbre [9]. Por lo que la primera propuesta y más común que nos brindan algunos libros sobre filosofía es que la ética es el estudio de la moral, pero dicha afirmación está basada en una interpretación superflua de ambos términos, es de hecho una superposición determinada únicamente en sentido cronológico de las palabras.
Algunos afirman que mos derivó de los dos términos griegos, tanto ἦθος como εθος, pues los latinos los fundieron, puesto que incluso en latín mores (caso nominativo plural) “refiere al modo de ser, de vivir, incluso al carácter que mueve el accionar” [10], así se echa abajo toda diferencia real entre moral y ética, pues aun cuando sea carácter o costumbre, ambos términos son verdaderamente sinónimos, no solamente análogos.
Tales conclusiones son, por supuesto, decepcionantes entre muchos estudiosos, pues lo anterior no brinda soluciones verdaderas al problema del origen de la ética, incluso complica aun más al invalidar cualquier posible distinción entre moral y ética, aun cuando en la actualidad tienda más a confundirse a estos términos, pues parecen volver a ser sinónimos, sin saber siquiera de qué.
La pregunta incluso cambia ya no al origen de la ética, sino a ¿qué es la ética? La solución para responder parece orientarse únicamente en sentido particular e interpretativo, es decir, dependiendo de la interpretación que se de a la etimología se encontrará su definición, pues se comenzará a circunscribir así su definición a un término, es una sobre-interpretación de ἦθος y desde ahí se dará (incluso en retrospectiva como lo hacen aquellos que estudian la ética en las culturas antiguas como la egipcia [11]) su significado, para postular o bien la ética como un estudio posible de ser universal o la ética como particular, lo que inevitablemente conduciría al relativismo cultural tan temido por Sócrates como por algunos filósofos contemporáneos.
Concluyamos que en filosofía, darse a la tarea de definir ciertos términos es labor ardua que puede conducirnos a una simple disputa de orígenes de palabras, cuando quizá es pertinente omitir intencionalmente su etimología y reformular el sentido del término en la actualidad, aun cuando esto una vez más puede ser escandaloso para muchos, pues no universaliza el concepto ni respeta su momento de concepción, pero debemos estar prestos a entender que el significado de una palabra cambia y esto tiene efectos en la practica, aun racional, de nosotros.
Sócrates fue el más grande oponente de los sofistas y por eso se le hace honor al ser parteaguas de la filosofía, pues es oficialmente un antes y un después de él, sin embargo también nos heredó un miedo hacia los sofistas y el relativismo, hemos aprendido a desdeñarlos y tildar de sofista al farsante de la filosofía, pero ello no debe impedirnos proceder en determinadas ocasiones como ellos.
Rastrear la etimología de una palabra para a partir de ahí enlazarla con una supuesta esencia de la misma pudiendo encontrar así el concepto universal, ya nos mostró Platón con su famoso diálogo Cratilo o del lenguaje la imposibilidad, incluso al darnos una inmensa cantidad de falsas etimologías que utiliza para sustentar sus concepciones filosóficas, debemos aprender también de este erróneo proceder y quizá apostar a re-crear a los propios conceptos de filosofía para responder no ya a la pregunta ¿qué es la ética? sino ¿qué es la ética hoy? Por lo que podemos también reformular la pregunta ¿cuál es el origen de la ética? para preguntarnos de mejor manera ¿cuál es el origen de la ética tal como la entendemos ahora?
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[1] Cibernous. Mapa y territorio de la filosofía. Glosario de términos. Enlace directo aquí.
[2] Mateos, A. Etimologías griegas del español. Ed. Esfinge. México. 1993. p.p. 181
[3] Ferrater Mora, J. Diccionario de filosofía. Alianza Editorial. España. 1979
[4] Pabon, J. Diccionario griego-español. 11va. Edición. Vox. Barcelona. 1979
[5] Estamos en el terreno de la escritura, aun cuando se ha introducido en esta discusión elementos fonéticos en cuanto a la duración de su pronunciación, -puesto que ambas corresponden a nuestra e - la importancia radica en el matiz semántico.
[6] Jaeger, W. Paideia. Los ideales de la cultura griega. FCE. México. 1990
[7] Ferrater Mora, J. Op.cit.
[8] Ibidem
[9] Mateos, A. Gramática latina. Ed. Esfinge. México. 1998. p.p. 300
[10] Bonafina, P. Sobre la diferencia entre ética y moral. Filosofía nueva. Página web. Enlace directo aquí.
[11]Gomez Danés, P. Ética I. las culturas antiguas. Cuadernillos. Edición de autor. Monterrey, México. 2001.
[2] Mateos, A. Etimologías griegas del español. Ed. Esfinge. México. 1993. p.p. 181
[3] Ferrater Mora, J. Diccionario de filosofía. Alianza Editorial. España. 1979
[4] Pabon, J. Diccionario griego-español. 11va. Edición. Vox. Barcelona. 1979
[5] Estamos en el terreno de la escritura, aun cuando se ha introducido en esta discusión elementos fonéticos en cuanto a la duración de su pronunciación, -puesto que ambas corresponden a nuestra e - la importancia radica en el matiz semántico.
[6] Jaeger, W. Paideia. Los ideales de la cultura griega. FCE. México. 1990
[7] Ferrater Mora, J. Op.cit.
[8] Ibidem
[9] Mateos, A. Gramática latina. Ed. Esfinge. México. 1998. p.p. 300
[10] Bonafina, P. Sobre la diferencia entre ética y moral. Filosofía nueva. Página web. Enlace directo aquí.
[11]Gomez Danés, P. Ética I. las culturas antiguas. Cuadernillos. Edición de autor. Monterrey, México. 2001.
lunes, 21 de septiembre de 2009
por José Vieyra Rodríguez
I. Nociones y postulados básicos
“Recordaré a cuantos contemplan desdeñosamente
al psicoanálisis desde su encumbrado punto de vista
cuán estrechamente coincide la sexualidad
ampliada del psicoanálisis
con el Eros del divino Platón”
Sigmund Freud
al psicoanálisis desde su encumbrado punto de vista
cuán estrechamente coincide la sexualidad
ampliada del psicoanálisis
con el Eros del divino Platón”
Sigmund Freud
El psicoanálisis se caracterizó en sus inicios por escandalizar a una sociedad conservadora, especialmente al introducir el concepto de sexualidad, y entender a ésta como un elemento presente en el hombre desde su infancia, así en Tres ensayos para una teoría sexual (1905) Freud escribe “el neonato trae consigo gérmenes de mociones sexuales que siguen desarrollándose durante cierto lapso, pero después sufren una progresiva sofocación… casi siempre hacia el tercero o cuarto año de vida del niño su sexualidad se expresa en una forma asequible a la observación”¨[1].
La razón por la cuál el psicoanálisis perturbó tan directamente a la sociedad, es que no es solamente un sistema o teoría que explica ciertos fenómenos propios del hombre, sino que además es una técnica, una praxis a la que puede acceder cualquier persona por diversos motivos, diversos sufrimientos (miedo, culpa, depresión, angustia, manías), es decir, el psicoanálisis es “un método de tratamiento de perturbaciones neuróticas, fundado en un procedimiento que sirve para indagar procesos anímicos difícilmente accesibles por otras vías”[2]. Ésta es la parte fundamental que posibilita que el conocimiento psicoanalítico se transmita sin necesidad de cierto interés o nivel cultural, como sería necesario para la filosofía, por ejemplo, la cuál por cierto ya había dado suficientes elementos para perturbar la conciencia puritana del hombre occidental, pero sin la masificación necesaria para sacudir culturalmente. Por lo tanto, el trabajo clínico otorgó la posibilidad de la expansión del psicoanálisis a niveles inimaginables de popularidad.
Comencemos, pues, por señalar la definición de sexualidad que da el psicoanálisis, pues como veremos, una vez entendida la sexualidad será a partir de ella que se comprenda al amor, tema que nos interesa en esta ocasión.
Laplanche y Pontalis escriben que la sexualidad contiene “toda una serie de excitaciones y de actividades, existentes desde la infancia, que producen un placer que no puede reducirse a la satisfacción de una necesidad fisiológica fundamental (respiración, hambre, función excretora, etc.) y que se encuentran también a título de componentes en la forma llamada normal del amor sexual”[3]. Valga esto como una aproximación general, ahora, remitámonos a Freud, pues él da tres características principales de la concepción psicoanalítica de la sexualidad en su obra póstuma; El esquema del psicoanálisis (1939):
a. La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas exteriorizaciones.
b. Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de «sexual» y de «genital». El primero es el más extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales.
c. La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con posterioridad (nachträglich) al servicio de la reproducción. Es frecuente que ambas funciones no lleguen a superponerse por completo[4].
Ahora bien, existe una fuerza y cantidad que determina a la pulsión sexual, así introducimos aquí el término de “la libido [que] está destinada a nombrar la fuerza en la cual se exterioriza la pulsión”[5]. Es decir, la magnitud cuantitativa de empuje (drang) que hay en la pulsión.
Así, hasta aquí, podemos resumir: la sexualidad está vinculada con un goce presente desde la infancia, no es reductible a la reproducción (por el contrario la reproducción se subordina a la sexualidad) y tiene que ver directamente con zonas erógenas como lo pueden ser la boca, el ano, los genitales, en otras palabras, cualquier parte del cuerpo puede convertirse en una zona erógena, siempre y cuando haya una representación de la misma, es decir, una imagen psíquica del cuerpo. A su vez, la pulsión sexual está compuesta de una energía (psíquica) llamada libido.
Como vemos, hasta ahora hemos entrelazado dos términos nodales para el psicoanálisis; pulsión sexual y libido. Ahora es pertinente recordar que en la obra freudiana existen tres grandes momentos acerca de la teoría de las pulsiones. El primero es el fundado en la concepción dualista de las pulsiones en el cual Freud consideraba a dos pulsiones; la pulsión de autoconservación y la pulsión sexual. El segundo es monista y absorbe a las pulsiones de autoconservación dentro de la misma pulsión sexual, asumiendo así que toda pulsión es sexual. Y por último, a partir de 1920 toma su forma definitiva en Freud la teoría de las pulsiones, volviendo a un dualismo pulsional, pero esta vez basado en la oposición pulsión de vida (Eros) contra pulsión de muerte o autodestrucción.
Este tercer momento en la teoría de las pulsiones es el que nos interesa destacar, pues es en él en donde la obra freudiana gira la concepción de la sexualidad, y desde 1920 con Más allá del principio del placer Freud cambia claramente la concepción al ampliar aún más el término sexualidad y equipararlo al amor.
Esta nueva equiparación no es poca cosa, pues una vez más toma un concepto común como lo es el amor, y esta vez lo amplía a niveles extraterritoriales a lo habitual. Así pues, escribe Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921) un nuevo carácter a la libido definiéndola como “la energía, considerada como magnitud cuantitativa -aunque por ahora no medible-, de aquellas pulsiones que tienen que ver con todo lo que puede sintetizarse como «amor»"[6], recordemos además que la libido es la energía de la pulsión sexual.
Es precisamente en este texto en el que quiero detenerme por un momento, pues si tomamos en serio las proposiciones que hace Freud, por ejemplo cuando escribe “por su origen, su operación y su vínculo con la vida sexual, el «Eros» del filósofo Platón se corresponde totalmente con la fuerza amorosa {Liebeskraft}, la libido del psicoanálisis”[7]. Dicha afirmación tiene aspectos dignos de considerarse, puesto que inmediatamente después de igualar la pulsión sexual con el Eros de Platón, pasa a dar una serie de conjeturas basadas en dicha ampliación del concepto de amor. Así, por ejemplo, explica que en una serie de casos “el enamoramiento no es más que una investidura de objeto de parte de las pulsiones sexuales con el fin de alcanzar la satisfacción sexual directa”[8].
Es decir a partir de aquí para Freud lo importante es retomar el aspecto amoroso (o vínculo afectivo, si lo queremos hablar de manera más moderada por el momento) en todas las relaciones (sea con objetos reales o psíquicos), y que todas ellas están subrogadas también a una economía libidinal, a un cierto carácter sexual.
Ahora comenzamos a entrar dentro del terreno el cual nos interesa, pues consideramos fundamental no perder de vista este último elemento que nos da Freud en su teoría, pues si en un primer momento el análisis que hace de las relaciones está marcado por su carácter exclusivo de sexualidad, que fue la gran oposición y a la vez acierto del psicoanálisis contra la sociedad, en un último momento se puede tornar aún más escandaloso, pues no sólo se analizará con una visión sexual, sino además como un análisis de relaciones amorosas.
Recordemos, junto con Igor Caruso, que nos dice en Psicoanálisis y Utopía: “Freud decía a menudo que si el psicoanálisis no es escándalo, es un falso psicoanálisis”[9]. La frase anterior nos puede servir muy bien de epígrafe par comenzar el siguiente parágrafo.
II. El amor en psicoanálisis
Una anécdota universalmente conocida por los psicoanalistas es la relatada por Jacques Lacan en su conferencia La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis dictada en 1955, en ella cuenta que sabe, de viva voz de Jung, que Freud al estar por arribar al puerto de Nueva York después de ser invitado a dar sus famosas Cinco conferencias sobre psicoanálisis (1908) en la Clark University de Worcester, Freud se dirige a Jung y le dice: “no saben que les traemos la peste”[10]. Éste es el único lugar en que se puede rastrear la verosimilitud de esta frase, los biógrafos más escrupulosos han desechado esta idea, llegan a la conclusión de que si Freud hizo un comentario parecido, fue algo como “se sorprenderán cuando sepan lo que les vamos a decir”[11]. Sin embargo, la frase de la peste se ha vuelto tan famosa que se ha convertido en el gallardete lacaniano con el que argumentan que ya Freud pensaba que el psicoanálisis tiene un carácter inminentemente subversivo, como gustan de llamarlo los lacanianos. Los detractores de la misma frase, replican por su parte que Freud nunca asimiló al psicoanálisis con una peste, por lo tanto no consideran válida cualquier conclusión a la que se llegue a partir de esta fantasía de Lacan. Por mi parte, considero totalmente erróneo este último proceder, si hay algo que nos enseña Freud, si sabemos escucharlo, es que el psicoanálisis no se evalúa por la “realidad” de los acontecimientos, sino los efectos que hay a partir de la creencia de que ocurrieron, “un síntoma histérico está fundado en la fantasía de algo nunca sucedido”[12], al igual que la interpretación en que podrá variar de analista a analista aun cuando sea contado exactamente lo mismo, lo importante resultará del efecto de la interpretación, no de la “verdad” de la misma.
Es por eso que lo significativo de esta anécdota no es si sucedió o no, sino el efecto que ha traído consigo la fantasía de Lacan, el síntoma que se ha creado a partir de este suceso. En este caso lo que ha traído consigo el psicoanálisis lacaniano es que ha convertido -o mantenido- a Freud en un pensador totalmente revolucionario de la moral, la filosofía y la mismísima concepción del ser humano y no como un médico dedicado a la adaptación y regulación del pensamiento humano a través de una psicoterapia, como lo pretendió hacer ver la Ego Psychology.
Esta idea del psicoanálisis como una peste en la obra de Freud se deja entrever en varios momentos, pero no en su sentido despectivo y peyorativo que puede tener esta palabra, sino con el carácter de “algo” que se puede extender con facilidad y que al final puede venir a ser como una pestilencia no deseable ni compatible con nuestras buenas costumbres, pues el psicoanálisis descubre las más íntimas motivaciones egoístas del hombre.
Freud, es cierto, considera que el psicoanálisis ha venido a ofender a la propia concepción de lo que es el hombre, el psicoanálisis ha ofendido al narcisismo universal, al amor propio de la humanidad. Así, las tres más grandes ofensas al narcicismo del hombre son por una parte la ofensa cosmológica, al desplazar al hombre como centro del universo, ésta fue efectuada por Copérnico; la segunda ofensa fue la biológica, al incluirlo dentro del mundo como un animal más, ofensa llevada a término por Darwin; y por último la psicológica, al no ser poseedor de su vida anímica en su totalidad. Ésta es la que nos interesa por ahora, pues después de ser desplazado el hombre como centro del universo y aun del mismo mundo, el hombre seguía pensando que era dueño de su cuerpo, además de la voluntad autónoma guiada por la conciencia, aquella por la cual se ejecutan las órdenes al mandato del yo, sin embargo, Freud descubre que la vida anímica no es tan simple y en realidad es una jerarquía de instancias superiores y subordinadas, impulsos y defensas que luchan para sobrellevarse, la instancia que intenta controlar a dichos impulsos es llamada yo, instancia que aun así es sobrepasada en infinidad de casos, Freud lo ve claramente en el trabajo clínico, pues ante los casos patológicos con los que se encuentra, se revelan los intentos del yo para negar su pertenencia a lo “ominoso” y desagradable, inconciliable e incontrolable que se presenta ante la conciencia, por esto Freud concluye respondiendo al neurótico: “no estás poseído por nada ajeno; es una parte de tu propia vida anímica la que se ha sustraído de tu conocimiento y del imperio de tu voluntad. Por eso tu defensa es tan endeble; luchas con una parte de tu fuerza contra la otra parte, no puedes reunir tu fuerza íntegra como si combatieras a un enemigo externo. Y la que de ese modo ha entrado en oposición contigo y se ha vuelto independiente de ti ni siquiera es la peor parte o la menos importante de tus fuerzas anímicas. Me veo obligado a decir que la culpa reside en ti mismo […] -concluye- el yo no es el amo en su propia casa”[13].
Vemos como Freud no escatima y declara que el psicoanálisis ha infligido la tercera gran herida a la humanidad. Piensa que ha despojado a la conciencia de la autonomía del cuerpo, se opone tenazmente a la capacidad volitiva innata del hombre. Algo que, lo sabemos, sigue siendo tema de controversia. De hecho el mismo Freud sabía bien el rechazo a esta idea, aun así, entre mayor oposición hallaba parecía que más se empeñaba en mantenerse firme, por eso nunca cedió ante la posibilidad de desexualizar a la energía psíquica, como lo hizo Jung, y menos aún omitir al inconsciente como parte central de su doctrina.
Ahora, pudiéramos con los diversos elementos que hemos esbozado, trazar algunas líneas interpretativas y pautas a seguir que serían convenientes para quienes estamos interesados en continuar trabajando al psicoanálisis no desde una parte teórica y caduca, sino actual, vigente y -¿porqué no?- escandalosa.
Sin embargo, ¿qué decir desde la teoría en la actualidad que pueda crear escándalo?, vivimos en un momento en que la sexualidad ha sido de alguna manera aceptada, aun cuando no se hable total y abiertamente, sí han desaparecido algunos tabúes oficiales, al menos dentro de ciertos grupos es libremente expresada, por ejemplo, en la educación oficial, mínimamente se enseña la sexualidad como parte biológica del ser humano.
Así, cuando Freud en 1905 exponía, ante un grupo primordialmente de médicos, que existía la sexualidad infantil, algo inminentemente escandaloso, más de cien años después se acepta que incluso hay niños de cinco años experimentando una erección, es decir, ya no está la sexualidad matizada por un carácter único de goce, sino que está más cerca que nunca de ser vista como la sexualidad adulta, genital. Por lo que parece anticuado recordar que hay un placer en el niño cuando explora la diferencia sexual anatómica, por ejemplo, cuando en la actualidad se sabe de “niños” que son padres a los trece años, como el caso que hace poco se suscitó en el Reino Unido.
Ante esto, propongo continuar creando polémica y levantando escándalo, llevando al psicoanálisis como una peste, una subversión, y para ello es necesario hablar del amor, pues es precisamente en estos momentos cuando se presenta más que nunca obsoleto y fuera de contexto.
Así, comencemos por decir que todas las relaciones son de amor, es decir, eróticas.
En la sentencia anterior no sólo incluimos las relaciones entre dos o más seres humanos, como pueden ser las relaciones de pareja sentimental, de parentesco, amistad, etc., como bien podría aceptarse en un primer momento, sino también la relación que hay entre un sujeto y un objeto -aun psíquico- así podemos hablar de relaciones de amor entre el adicto y su droga, el conductor y la velocidad, el fumador y el cigarrillo, la esposa golpeada y el hombre agresivo, el jugador y el juego de azar, la anoréxica y su imagen, etc.
Para comprenderlo mejor, sigamos a Freud, para él todas las relaciones están constituidas por un enlace afectivo, es decir, un enlace libidinal, por lo tanto, si queremos entender porqué de la drogadicción, podemos pensar y preguntarnos en qué hay en la droga que enlaza al sujeto, o podríamos decir, que sujeta al sujeto hasta dejarlo sujeto de la droga.
Negar el amor en dichas relaciones, es negar el propio vínculo manifiesto, al declarar como relación de amor la que sobrelleva un hombre que golpea a su pareja, no negamos su amor, sino que inquirimos ¿porqué ama a golpes?, o bien, ¿es la única manera de amar que conoce? o ¿qué ama en esa imagen que golpea?
De esta manera, podemos comenzar por pensar entonces en el amor como ese vínculo del hombre con sus objetos, y dejar de lado la idea del “amor verdadero”, y aquellos enlaces afectivos restantes y destructivos como fuera de él, pues por el contrario, plantearse que el amor es lo que posibilita todas las relaciones del hombre, puede servirnos en primer momento para entender el porqué de muchas acciones catalogadas como de odio.
Esto nos lleva inmediatamente a plantearnos, si todas las relaciones son relaciones de amor, entonces qué sucede con las que conocemos comúnmente como de odio, repugnancia, violencia, aversión. Desde Freud, está claro, el amor es ambivalente, “te quiero pero también te odio”, pudiéramos decir, el refrán lo dicta de la manera más clara posible “del amor al odio hay un paso”, pues ambos son fuertes enlaces entre objetos. O aquél otro dicho bien conocido, “prefiero el odio antes de la indiferencia”, por supuesto, nos marca claramente lo sustancial del asunto, en el odio continua existiendo un fuerte enlace erótico, de goce. Nuestro autor nos dice “además de la oposición amar-odiar, hay la que media entre amar y ser-amado, y, por otra parte, amar y odiar tomados en conjunto se contraponen al estado de indiferencia”[14], por lo tanto, si buscamos la génesis del amor y odio, las encontraremos diversas, sin embargo lo cierto es que en un primer momento, para el neonato no es diferenciable ambos sentimientos, pues una característica del amor en los primeros años de vida es su esencia sádica, al devorar o incorporar y en un segundo momento retener (organización libidinal oral y anal), puesto que “sólo con el establecimiento de la organización genital el amor deviene el opuesto del odio”[15].
Por lo que entendemos, pues, que amor y odio tienen la misma estructura, son manifestaciones de una misma energía, la única; la sexual. Por lo que pensemos entonces a las relaciones tortuosas como relaciones eróticas (eros), dadoras de goce, un elemento que une y crea el vínculo entre objetos, un elemento común que se ama, y que nos puede orientar y ayudar a entender sucesos cotidianos.
Ahora bien, decimos que hablar de amor es escandaloso, puesto que en estos tiempos de la era tecnocientífica, como lo nombra este mismo congreso, no hay cabida más para el amor de antaño, de compromiso y lealtad, aun sea temporal, no obstante, actualmente también es imperante dejar fuera las relaciones degradantes, agresivas, dañinas, en otras palabras, se busca desplazar totalmente a cualquier tipo de relación que pueda sostener a un sujeto como tal. Se imponen las relaciones efímeras, transitorias, sin compromisos (laborales, sentimentales, etc.), sin ataduras, que lo único que interesa es el aquí y ahora pero con la ausencia inminente de intercambio libidinal, energético, además negando una parte del mismo amor; la agresión, o mejor aun, para utilizar un término psicoanalítico; denegando la propia condición de ambivalencia.
Así, en la época actual, el psicoanálisis puede presentarse como una teoría en la que aún tiene cabida el amor, sin cerrar la definición del mismo tan herméticamente que no pueda ser visto más allá del goce temporal que se pide tenga cada sujeto, sino entender el amor como esa relación que une y crea vínculos.
El psicoanálisis no sólo tiene responsabilidades en la clínica, sino también responsabilidades sociales, ya Freud desde la juventud del psicoanálisis postuló diversas disciplinas que pueden estar directamente interesadas en el psicoanálisis, así en El interés por el psicoanálisis (1913), enlista al menos a la ciencia del lenguaje, la biología, la historia, la sociología, el arte, la pedagogía y, por supuesto, a la filosofía, diciendo: “la postulación de las actividades anímicas inconscientes obligará a la filosofía a tomar partido”[16], es decir, o acepta o rechaza al inconsciente, en caso de aceptarlo, se verá en la necesidad también de replantear los postulados acerca del amor, ese incómodo término que hoy parece innecesario en la teoría, ese término que ahora se reduce a explicaciones acerca de él desde las neurociencias (aumento o disminución de ciertos neurotransmisores), congelando toda posible explicación desde el propio sujeto que lo experimenta o al menos desde una visión humana y no biológica-científica.
Parece que Freud lo intuía, cuando más cerca estaba de ser aceptada la sexualidad como etiología de diversos malestares, gira aún más su dirección y convierte al Eros como punto nodal del hombre, y de esta manera, niega dejar al psicoanálisis como viejo y sin posibles cambios, sin nada qué decir, por el contrario, da nuevos elementos para trabajar.
En esta época de la tecnociencia, hablar de amor no sólo es anticuado, también puede ser escandaloso y subversivo, en la actualidad llevar al amor junto con el psicoanálisis es llevar la peste.
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*Conferencia dictada en el marco del Congreso Nacional de Estudiantes de Filosofía (CONEFI) Hombre y mundo; vértigos en la era tecnocientífica. Aguascalientes, México. Septiembre de 2009.
[1]Freud, S. Tres ensayos para una teoría sexual. (1905) Obras Completas, Vol. VII. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[2]Freud, S. Dos artículos de enciclopedia Psicoanálisis y Teoría de la libido. (1923) Obras
Completas, Vol. XVIII. Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[3]Laplanche, J. Pontalis, J. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Argentina. 1998
[4]Freud, S. Esquema del psicoanálisis. (1939) Obras Completas, Vol. XXIII. Ed. Amorrortu,
Argentina. 1979
[5]Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis. (1917) Conferencia 21. Obras
Completas, Vol. XVI. Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[6]Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo. (1921) Obras Completas, Vol. XVIII.
Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[7]Ibídem
[8]Ibídem
[9]Caruso, Igor. Psicoanálisis y utopía en Razón, locura y sociedad. Varios autores. Ed. Siglo
XXI. México. 1979
[10]Lacan, J. La cosa freudiana o sentido de retorno a Freud en psicoanálisis en Escritos 1.
Ed. Siglo XXI. México. 2006
[11]Roudinesco, E. Plon, M. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Argentina. 2000
[12]Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo. Op. Cit.
[13]Freud, S. Una dificultad del psicoanálisis. (1917). Obras Completas, Vol. XVII. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[14]Freud, S. Pulsiones y destinos de pulsión. (1915) Obras Completas. Vol. XIV. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[15]Ibídem
[16]Freud, S. El interés en el psicoanálisis. (1913) Obras Completas. Vol. XIII. Ed. Amorrortu,
Argentina. 1979
[1]Freud, S. Tres ensayos para una teoría sexual. (1905) Obras Completas, Vol. VII. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[2]Freud, S. Dos artículos de enciclopedia Psicoanálisis y Teoría de la libido. (1923) Obras
Completas, Vol. XVIII. Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[3]Laplanche, J. Pontalis, J. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Argentina. 1998
[4]Freud, S. Esquema del psicoanálisis. (1939) Obras Completas, Vol. XXIII. Ed. Amorrortu,
Argentina. 1979
[5]Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis. (1917) Conferencia 21. Obras
Completas, Vol. XVI. Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[6]Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo. (1921) Obras Completas, Vol. XVIII.
Ed. Amorrortu, Argentina. 1979
[7]Ibídem
[8]Ibídem
[9]Caruso, Igor. Psicoanálisis y utopía en Razón, locura y sociedad. Varios autores. Ed. Siglo
XXI. México. 1979
[10]Lacan, J. La cosa freudiana o sentido de retorno a Freud en psicoanálisis en Escritos 1.
Ed. Siglo XXI. México. 2006
[11]Roudinesco, E. Plon, M. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Argentina. 2000
[12]Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo. Op. Cit.
[13]Freud, S. Una dificultad del psicoanálisis. (1917). Obras Completas, Vol. XVII. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[14]Freud, S. Pulsiones y destinos de pulsión. (1915) Obras Completas. Vol. XIV. Ed.
Amorrortu, Argentina. 1979
[15]Ibídem
[16]Freud, S. El interés en el psicoanálisis. (1913) Obras Completas. Vol. XIII. Ed. Amorrortu,
Argentina. 1979
domingo, 16 de agosto de 2009
por José Vieyra Rodríguez
Respondamos a la pregunta que sirve de título a este escrito y digámoslo sin más: sí, el psicoanálisis es una charlatanería. Ahora bien, hagamos algunas puntualizaciones.
La charlatanería es entendida comúnmente como una práctica que está orientada a persuadir y embaucar sobre un tema, generalmente se le emparenta con términos como fraude o mentira.
Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, tilda en innumerables ocasiones al psicoanálisis como una charlatanería, así como de una macana, término que en el cono sur es sinónimo de tontería, dislate o contratiempo. Por supuesto, este personaje de la ciencia evidentemente hace una oposición inmediata entre tontería y sabiduría, contratiempo y exactitud, etc. El origen a estas oposiciones las podemos rastrear en filosofía desde los tiempos antiguos en que Platón manifiesta abiertamente que la ἐπιστήμη (episteme) es un conocimiento, contrario a la δόξα (doxa) la cual es una mera opinión, sin embargo para Platón la episteme era únicamente aplicable al mundo de las ideas, pues el mundo sensible lo único que puede darnos son opiniones.
Partiendo de la contraposición anterior, muchos filósofos se dan a la tarea de desenmascarar a los charlatanes de la filosofía, aquellos que únicamente dan opiniones y no verdades y conocimiento universal, por lo cual, los charlatanes son los enemigos de los filósofos, también podemos llamarles por el nombre que se les dio en la antigua Grecia: sofistas.
Por supuesto, el psicoanálisis no es una ciencia, aun cuando Freud murió pugnando por que lo fuera, la realidad es que el término ciencia ha delimitado suficientemente su quehacer y operar como para no dejar entrar en ella a disciplinas como al psicoanálisis. Esto no invalida, sin embargo, los conocimientos que de él se puedan desprender, no obstante, no es la intención de este escrito corroborar eso, contentémonos con decir que el psicoanálisis no es una ciencia y eso se sabe.
Volvamos, pues, a nuestro interés. Charlatanería según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es locuacidad, misma que puede entenderse como cualidad de hablar mucho, así también, la charlatanería es la cualidad del charlatán. A su vez, la etimología de esta última palabra la encontramos en el italiano con ciarlatano que significa hablador, o aquél que habla mucho y sin sustancia. Hasta aquí es claro, si tomamos estrictamente a estas palabras nos encontramos con que su significado recae predominantemente en que es aquella práctica de hablar mucho y sin médula, sin la intención de llegar a verdades contundentes e irrefutables (por cierto que una de las cualidades para que un conocimiento sea científico, es la refutabilidad de la teoría).
Por lo mismo, el psicoanálisis es una charlatanería, de hecho lo sabemos, comenzó siéndolo, recordemos a la forma en que lo bautizó la famosa histérica; Anna O, quien denominó al tratamiento llevado con Freud con “el nombre serio y acertado de «talking cure» («cura de conversación»)” (S. Freud. Estudios sobre la histeria. [1895]), también podemos traducirlo como la cura por estar hablando.
Remarquémoslo, para el psicoanálisis lo más importante es el habla, su regla fundamental es el método de la asociación libre, es decir, invitar al analizado a decir todo lo que se le ocurra sin seleccionar nada en específico, sin ejercer ningún juicio de valor acerca de sus ocurrencias, por disparatadas que éstas sean. Siendo así, ¿cómo podría llamársele de otra manera al psicoanálisis, si no es como charlatanería? Es una práctica que trabaja específicamente como se define a la charlatanería, con el hablar y hablar sin sentido, sin sustancia, para a partir de ese método poder encontrarnos con otro conocimiento, particular y único, subjetivo, propio del analizado y por lo mismo, nunca universal.
Las elaboraciones anteriores no son para nada nuevas, los versados en el tema lo saben, Jacques Lacan en su clase del 15 de noviembre de 1977 decía “[el psicoanálisis] es una práctica que, dure lo que dure, es una práctica de charlatanería (bavardage). Ninguna charlatanería carece de riesgos. Ya la palabra charlatanería implica algo. Lo que implica está suficientemente dicho por la palabra charlatanería, lo que quiere decir que no hay más que frases, es decir lo que se llama "las proposiciones" que implican consecuencias, las palabras también. La charlatanería lleva la palabra al rango de babear (baver) o de espurrear, la reduce a la suerte de salpicadura (éclaboussement) que resulta de eso” (J. Lacan. Seminario 25, El momento de concluir. Inédito)
El término francés bavardege, también puede traducirse al español como habladuría, traducción que no pierde, sin embargo, su carácter peyorativo a primera vista, pero por lo mismo nos sirve para delimitar a su vez al trabajo psicoanalítico, fuera del trabajo filosófico que encuentra conocimientos y verdades universales, mientras el trabajo psicoanalítico (léase, en la clínica) nunca dará más que habladuría, palabrerías que tendrán efectos, consecuencias, pues dice algo, y ese algo hace.
Siguiendo la argumentación anterior, quizá también es pertinente decirlo, el psicoanalista se encuentra más emparentado con el sofista de la antigua Grecia que con el filósofo sabio, ese que incluso sabe gobernar según Platón, ese filósofo que sabe de todo. Una pregunta queda en suspenso ¿es el psicoanalista un sofista?
La charlatanería es entendida comúnmente como una práctica que está orientada a persuadir y embaucar sobre un tema, generalmente se le emparenta con términos como fraude o mentira.
Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, tilda en innumerables ocasiones al psicoanálisis como una charlatanería, así como de una macana, término que en el cono sur es sinónimo de tontería, dislate o contratiempo. Por supuesto, este personaje de la ciencia evidentemente hace una oposición inmediata entre tontería y sabiduría, contratiempo y exactitud, etc. El origen a estas oposiciones las podemos rastrear en filosofía desde los tiempos antiguos en que Platón manifiesta abiertamente que la ἐπιστήμη (episteme) es un conocimiento, contrario a la δόξα (doxa) la cual es una mera opinión, sin embargo para Platón la episteme era únicamente aplicable al mundo de las ideas, pues el mundo sensible lo único que puede darnos son opiniones.
Partiendo de la contraposición anterior, muchos filósofos se dan a la tarea de desenmascarar a los charlatanes de la filosofía, aquellos que únicamente dan opiniones y no verdades y conocimiento universal, por lo cual, los charlatanes son los enemigos de los filósofos, también podemos llamarles por el nombre que se les dio en la antigua Grecia: sofistas.
Por supuesto, el psicoanálisis no es una ciencia, aun cuando Freud murió pugnando por que lo fuera, la realidad es que el término ciencia ha delimitado suficientemente su quehacer y operar como para no dejar entrar en ella a disciplinas como al psicoanálisis. Esto no invalida, sin embargo, los conocimientos que de él se puedan desprender, no obstante, no es la intención de este escrito corroborar eso, contentémonos con decir que el psicoanálisis no es una ciencia y eso se sabe.
Volvamos, pues, a nuestro interés. Charlatanería según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es locuacidad, misma que puede entenderse como cualidad de hablar mucho, así también, la charlatanería es la cualidad del charlatán. A su vez, la etimología de esta última palabra la encontramos en el italiano con ciarlatano que significa hablador, o aquél que habla mucho y sin sustancia. Hasta aquí es claro, si tomamos estrictamente a estas palabras nos encontramos con que su significado recae predominantemente en que es aquella práctica de hablar mucho y sin médula, sin la intención de llegar a verdades contundentes e irrefutables (por cierto que una de las cualidades para que un conocimiento sea científico, es la refutabilidad de la teoría).
Por lo mismo, el psicoanálisis es una charlatanería, de hecho lo sabemos, comenzó siéndolo, recordemos a la forma en que lo bautizó la famosa histérica; Anna O, quien denominó al tratamiento llevado con Freud con “el nombre serio y acertado de «talking cure» («cura de conversación»)” (S. Freud. Estudios sobre la histeria. [1895]), también podemos traducirlo como la cura por estar hablando.
Remarquémoslo, para el psicoanálisis lo más importante es el habla, su regla fundamental es el método de la asociación libre, es decir, invitar al analizado a decir todo lo que se le ocurra sin seleccionar nada en específico, sin ejercer ningún juicio de valor acerca de sus ocurrencias, por disparatadas que éstas sean. Siendo así, ¿cómo podría llamársele de otra manera al psicoanálisis, si no es como charlatanería? Es una práctica que trabaja específicamente como se define a la charlatanería, con el hablar y hablar sin sentido, sin sustancia, para a partir de ese método poder encontrarnos con otro conocimiento, particular y único, subjetivo, propio del analizado y por lo mismo, nunca universal.
Las elaboraciones anteriores no son para nada nuevas, los versados en el tema lo saben, Jacques Lacan en su clase del 15 de noviembre de 1977 decía “[el psicoanálisis] es una práctica que, dure lo que dure, es una práctica de charlatanería (bavardage). Ninguna charlatanería carece de riesgos. Ya la palabra charlatanería implica algo. Lo que implica está suficientemente dicho por la palabra charlatanería, lo que quiere decir que no hay más que frases, es decir lo que se llama "las proposiciones" que implican consecuencias, las palabras también. La charlatanería lleva la palabra al rango de babear (baver) o de espurrear, la reduce a la suerte de salpicadura (éclaboussement) que resulta de eso” (J. Lacan. Seminario 25, El momento de concluir. Inédito)
El término francés bavardege, también puede traducirse al español como habladuría, traducción que no pierde, sin embargo, su carácter peyorativo a primera vista, pero por lo mismo nos sirve para delimitar a su vez al trabajo psicoanalítico, fuera del trabajo filosófico que encuentra conocimientos y verdades universales, mientras el trabajo psicoanalítico (léase, en la clínica) nunca dará más que habladuría, palabrerías que tendrán efectos, consecuencias, pues dice algo, y ese algo hace.
Siguiendo la argumentación anterior, quizá también es pertinente decirlo, el psicoanalista se encuentra más emparentado con el sofista de la antigua Grecia que con el filósofo sabio, ese que incluso sabe gobernar según Platón, ese filósofo que sabe de todo. Una pregunta queda en suspenso ¿es el psicoanalista un sofista?
lunes, 10 de agosto de 2009
por José Vieyra Rodríguez
“A partir de su síntoma, el analizado busca y encuentra la causa;
o sea, supone un saber Otro que es también un saber que goza de provocar sus efectos.
Lo que equivaldría a decir, con términos de fantasma neurótico:
«El Otro existe y goza de mi castración»”
Juan David Nasio
Entrar en una psicoterapia, la mayoría de las veces, está determinado por cierta circunstancia insoportable, desde un acontecimiento social o interpersonal que llega a afectar el desempeño del paciente, v. g. la pérdida de un ser querido, el rompimiento sentimental; hasta circunstancias inexplicables como una imposición persistente de una idea o una depresión sin motivo aparente.
Por supuesto, el modo de intervenir del terapeuta estará a su vez determinado por el entendimiento que dé a tales padecimientos. Me limitaré en estas breves líneas a señalar escuetamente la forma en que se aborda desde el psicoanálisis, puesto que marca sustancialmente una diferencia con la psicología común.
En primer término el encuentro con dichos padecimientos dista de ser un encuentro con enfermedades mentales, prefiero designarlos estrictamente hablando como un padecer, del latín patiscĕre, cuyo infinitivo es pati, y significa sufrir, soportar o tolerar, término latino también emparentado con vocablos como paciente, a su vez esto nos da elementos para entender el porqué se le designa así a quienes acuden a psicoterapia, pues son quienes padecen, pero no una enfermedad, es más pertinente decir que soportan, que traen a cuesta un sufrimiento. En este sentido también nos alejamos de entender al paciente como quien padece la acción del agente, suponiendo un ente externo que sabe, dirige y goza, es decir, un Otro. Considero conveniente remarcar que el paciente trae consigo un sufrimiento, pero que no es efecto de un agente y él el destinatario.
Pongamos como muestra el proceso de duelo por la pérdida de un ser querido, no podría ni debería de dársele la categoría de psicopatológico tomando referentes temporales, como por ejemplo si el duelo tarda más de seis meses en elaborarse, aun cuando muchos psicólogos hagan estas reducciones simplistas. De esta manera, comencemos por dejar de lado visiones sobre salud y enfermedad, el sujeto que se presenta en consulta lleva un sufrimiento y ésta es una de las condiciones para el análisis, la segunda será el habla, dejar surgir a la palabra vacilante y quebrada, esa palabra que resbala y emerge en donde no debía, palabra en que se dice más de lo que se quería, y que después de aparecida se puede interrogar sobre su significado.
Así, el paciente (quien está padeciendo, sufriendo) se encuentra en un lugar en el cual no se juzgará su acontecer, aun cuando él así lo demande, tampoco se le designará como enfermo y por lo tanto a los terapeutas como sujetos capaces de curar dicha afección, pues estas posturas redundarían en ocupar la posición de la cual quizá se viene escapando, es decir, la persecución superyoica, ya sea social o intrapsíquica (dicho sea que esta diferenciación es vaga y difusa, puesto que todo supuesto social es intrapsíquico), tampoco se encontrará en un lugar en el cual se le explicará el porqué de su sufrimiento, las causas y su posible solución, fungir de maestro no es la labor del analista, aun cuando éste sea el motivo principal por el cual acude el paciente; poder encontrar la respuesta del ¿porqué a mí? o ¿porqué sufro?, preguntas que presuponen una respuesta y alguien que puede responderlas, o peor aun, disfrutar de ellas.
En análisis, el paciente pregunta, inquiere, escudriña y va creando sus propias respuestas, su camino y otra posible solución a su padecer, aun cuando el propio síntoma sea una forma de elaborar y sujetarse en el mundo, un análisis puede prestarse a servir como camino hacia otra forma de conducirse, el analista se presta a ser ese quien conoce y cura, para una vez instalado el proceso analítico, brindar la posibilidad al analizado de ser él quien construya dichas vías, con el acompañamiento de un otro inconciente, el del analista.
lunes, 3 de agosto de 2009
por José Vieyra Rodríguez
La ociosidad es la madre de toda psicología. ¡Vaya!
¿Será entonces la psicología un vicio?
F. Nietzsche
Cómo se filosofa a martillazos
1º aforismo, Máximas y dardos
¿Será entonces la psicología un vicio?
F. Nietzsche
Cómo se filosofa a martillazos
1º aforismo, Máximas y dardos
Es bien sabido que la psicología es una disciplina que se desprendió de la filosofía, de hecho quizá es una las últimas ciencias que reclamó un lugar propio un poco alejado de la filosofía, esto se dio apenas en el siglo XIX.
Los primeros tratados de psicología experimental apenas aparecían a finales de la década de los setentas del siglo antepasado, mientras, Freud se acercaba con cautela a las primeras seducciones de la histeria, aquella que nunca lo soltaría, a la par de esto, un filósofo martillaba al pensamiento universal haciendo resonar desde los griegos hasta su mismo tiempo contemporáneo, Friederich Nietzsche escribía en 1888 “El ocaso de los ídolos” o “Cómo se filosofa a martillazos”.
Este libro, escrito ya en la madurez del pensamiento nietzscheano, hace múltiples referencias a la psicología, sin embargo, es interesante revisar que no nombra a los “psicólogos oficiales” del siglo XIX que nosotros conocemos (Fechner, Helmholtz, Wundt, Titchener, Charcot, Breuer, entre muchos otros) sino a Schopenhauer o Dostoievski, incluso afirmando de éste último “es el único psicólogo, dicho sea de paso, que me ha enseñado algo” (Cómo se filosofa a martillazos, 2004, p.p.135).
Resalta, por obviedad histórica, que la psicología no se había constituido oficialmente, y quizá esto es lo que más favorecía a que filósofos pudieran cargar sin ningún problema este título, que por supuesto no tenían porque perderlo a la llegada del siglo XX, aunque así fue, y hoy por hoy los psicólogos son aquellos formados bajo la tutela de la Universidad y que tras unos años asistiendo a las aulas de clases, se les denomina psicólogos, aun cuando nunca hagan psicología, quizá a lo sumo, juicios morales.
Nietzsche no pasaba por alto lo que se vislumbraba desde ese momento, la popularización de la educación superior, generando con ello un gran número de egresados mediocres en nombre del derecho al estudio, declarando “todas nuestras escuelas superiores están organizadas para la mediocridad más equívoca en su profesorado, en sus planes de estudio, en los objetivos de su enseñanza” (Ibid, p.p.80).
Por supuesto, esto nos ha llegado y con creces, pues en la actualidad son miles los egresados de las carreras de psicología, ahora incluso ostentando un ridículo nombre de “educación superior basada en competencias”. Y como nos dice el filósofo irracionalista, ¿cómo esperar que a los veintitrés años se sepa qué profesión desempeñar el resto de la vida?, si “el hombre que pertenece a un tipo superior no le gustan las “profesiones”, precisamente porque sabe que tiene una vocación” (Ibid, p.p.80). Esto respalda la postura del filósofo alemán, pues no habla él de profesiones, sino de vocaciones, por eso, un literato como Dostoievski, es un psicólogo, este argumento lo sigue cabalmente Freud, quien constantemente tomó a los artistas como maestros, pues ellos siempre estaban un paso delante de él. Siguiendo esta argumentación, deberíamos pensar actualmente que psicólogo no es quien egresa de una facultad de psicología, sino quien hace psicología, razonamiento que ya nos había enseñado Aristóteles; el ser es en acto [“el acto es el existir de la cosa” (Metafísica, IX; 6)], nunca en potencia (δυναμισ), lo que está en potencia no es, pues significa que es sólo una facultad de ser. En nuestro caso, se es psicólogo haciendo psicología, no quien podría hacer psicología (aun con un título).
Uno de los grandes problemas de la psicología académica actual, es que en su afán de posicionarse alejada de toda posible confusión con su madre (la filosofía), ha terminado por quedar huérfana total, pues las ciencias naturales no la reclaman y entre las sociales no se saben amparar. Así, la psicología se autoremite constantemente entre sí, sin poder salir de su apestosa cueva que creó como refugio. Por lo que cuando llega la filosofía y cuestiona sus fundamentos, queda en evidencia lo endeble de su estructura, pero a los psicólogos tiene tiempo que no les importa voltear a ver el suelo sobre el que están parados, ¡gracias al cielo que no se han dado cuenta que es una cuerda floja!
En nuestra localidad (Monterrey, Nuevo León), la separación de la carrera de psicología, que se dio de la Facultad de Filosofía y Letras hacia el área médica y su independencia como Facultad de Psicología, no es únicamente física ni simbólica, sino cargada de política y visiones contrapuestas a la filosófica, por lo que el hecho de que la Facultad de psicología esté en el área de la salud, demuestra evidentemente el precio que tuvo que pagar por la independencia, venderse como ciencia a favor de la salud y a cambio perder toda carga social y subversiva del pensamiento, terminar por ser una ciencia moral.
Es así, como llegamos al punto a tratar, lo que Nietzsche tiene que decirnos a los psicólogos, que aunque lo escribió hace más de ciento veinte años, se vuelca hoy más actual (en acto) que antes, pues al cuestionar a los psicólogos el porqué estudiar al hombre, el filósofo alemán nos avienta respuestas nada alejadas de una posible verdad, pues nos llama políticos, nos pregunta si acaso estudiamos al hombre para sacar ventaja de él, o peor aun, “para tener derecho a mirarlos desde arriba, no confundirse con ellos, [ser] ese impersonal que desprecia a los hombres” (Ibid, p.p.99). Pero momento, acaso no es esto lo que se nos enseña en las facultades; tomar el lugar del saber y de la salud, poder ejercer juicios de valor acerca de los pensamientos de las personas que acuden a nosotros y evaluar como “pensamiento erróneo” o acaso inadecuado a esa idea que se impone desde los adentros de los sufrientes que están frente a nosotros. La casuística de los psicólogos, como lo llama Nietzsche, efectivamente está encaminada a poder ver a los demás hombres desde un lugar supuestamente superior, sin mezclarse o perderse entre ellos y sus penas humanas.
El quehacer del psicólogo no es cuestionado ya en las propias aulas de formación, se limita a enseñar filosofía de la ciencia con Bunge y Popper a la cabeza de los intelectuales que se deben venerar, mientras tanto, una pregunta simple, como el fundamento moral de nuestro actuar social es socavada y tomada como fuera de lugar, pues sabemos a priori lo bueno y lo malo, la enfermedad y la salud.
La filosofía está fuera de la psicología, y viceversa, mas no sólo en los libros, los espacios físicos y las aulas de clases, sino incluso en su mismo modo de operar, que aunque siempre habrá quién opte por intentar conciliarlas, es nuestro labor recuperar el lazo y vincularlas de nuevo, pues la una y la otra caminaron y crecieron por siglos juntas, y hace apenas dos que se han divorciado, y aun estamos a tiempo de mostrar que su divorcio debiera ser por bienes mancomunados.
Los primeros tratados de psicología experimental apenas aparecían a finales de la década de los setentas del siglo antepasado, mientras, Freud se acercaba con cautela a las primeras seducciones de la histeria, aquella que nunca lo soltaría, a la par de esto, un filósofo martillaba al pensamiento universal haciendo resonar desde los griegos hasta su mismo tiempo contemporáneo, Friederich Nietzsche escribía en 1888 “El ocaso de los ídolos” o “Cómo se filosofa a martillazos”.
Este libro, escrito ya en la madurez del pensamiento nietzscheano, hace múltiples referencias a la psicología, sin embargo, es interesante revisar que no nombra a los “psicólogos oficiales” del siglo XIX que nosotros conocemos (Fechner, Helmholtz, Wundt, Titchener, Charcot, Breuer, entre muchos otros) sino a Schopenhauer o Dostoievski, incluso afirmando de éste último “es el único psicólogo, dicho sea de paso, que me ha enseñado algo” (Cómo se filosofa a martillazos, 2004, p.p.135).
Resalta, por obviedad histórica, que la psicología no se había constituido oficialmente, y quizá esto es lo que más favorecía a que filósofos pudieran cargar sin ningún problema este título, que por supuesto no tenían porque perderlo a la llegada del siglo XX, aunque así fue, y hoy por hoy los psicólogos son aquellos formados bajo la tutela de la Universidad y que tras unos años asistiendo a las aulas de clases, se les denomina psicólogos, aun cuando nunca hagan psicología, quizá a lo sumo, juicios morales.
Nietzsche no pasaba por alto lo que se vislumbraba desde ese momento, la popularización de la educación superior, generando con ello un gran número de egresados mediocres en nombre del derecho al estudio, declarando “todas nuestras escuelas superiores están organizadas para la mediocridad más equívoca en su profesorado, en sus planes de estudio, en los objetivos de su enseñanza” (Ibid, p.p.80).
Por supuesto, esto nos ha llegado y con creces, pues en la actualidad son miles los egresados de las carreras de psicología, ahora incluso ostentando un ridículo nombre de “educación superior basada en competencias”. Y como nos dice el filósofo irracionalista, ¿cómo esperar que a los veintitrés años se sepa qué profesión desempeñar el resto de la vida?, si “el hombre que pertenece a un tipo superior no le gustan las “profesiones”, precisamente porque sabe que tiene una vocación” (Ibid, p.p.80). Esto respalda la postura del filósofo alemán, pues no habla él de profesiones, sino de vocaciones, por eso, un literato como Dostoievski, es un psicólogo, este argumento lo sigue cabalmente Freud, quien constantemente tomó a los artistas como maestros, pues ellos siempre estaban un paso delante de él. Siguiendo esta argumentación, deberíamos pensar actualmente que psicólogo no es quien egresa de una facultad de psicología, sino quien hace psicología, razonamiento que ya nos había enseñado Aristóteles; el ser es en acto [“el acto es el existir de la cosa” (Metafísica, IX; 6)], nunca en potencia (δυναμισ), lo que está en potencia no es, pues significa que es sólo una facultad de ser. En nuestro caso, se es psicólogo haciendo psicología, no quien podría hacer psicología (aun con un título).
Uno de los grandes problemas de la psicología académica actual, es que en su afán de posicionarse alejada de toda posible confusión con su madre (la filosofía), ha terminado por quedar huérfana total, pues las ciencias naturales no la reclaman y entre las sociales no se saben amparar. Así, la psicología se autoremite constantemente entre sí, sin poder salir de su apestosa cueva que creó como refugio. Por lo que cuando llega la filosofía y cuestiona sus fundamentos, queda en evidencia lo endeble de su estructura, pero a los psicólogos tiene tiempo que no les importa voltear a ver el suelo sobre el que están parados, ¡gracias al cielo que no se han dado cuenta que es una cuerda floja!
En nuestra localidad (Monterrey, Nuevo León), la separación de la carrera de psicología, que se dio de la Facultad de Filosofía y Letras hacia el área médica y su independencia como Facultad de Psicología, no es únicamente física ni simbólica, sino cargada de política y visiones contrapuestas a la filosófica, por lo que el hecho de que la Facultad de psicología esté en el área de la salud, demuestra evidentemente el precio que tuvo que pagar por la independencia, venderse como ciencia a favor de la salud y a cambio perder toda carga social y subversiva del pensamiento, terminar por ser una ciencia moral.
Es así, como llegamos al punto a tratar, lo que Nietzsche tiene que decirnos a los psicólogos, que aunque lo escribió hace más de ciento veinte años, se vuelca hoy más actual (en acto) que antes, pues al cuestionar a los psicólogos el porqué estudiar al hombre, el filósofo alemán nos avienta respuestas nada alejadas de una posible verdad, pues nos llama políticos, nos pregunta si acaso estudiamos al hombre para sacar ventaja de él, o peor aun, “para tener derecho a mirarlos desde arriba, no confundirse con ellos, [ser] ese impersonal que desprecia a los hombres” (Ibid, p.p.99). Pero momento, acaso no es esto lo que se nos enseña en las facultades; tomar el lugar del saber y de la salud, poder ejercer juicios de valor acerca de los pensamientos de las personas que acuden a nosotros y evaluar como “pensamiento erróneo” o acaso inadecuado a esa idea que se impone desde los adentros de los sufrientes que están frente a nosotros. La casuística de los psicólogos, como lo llama Nietzsche, efectivamente está encaminada a poder ver a los demás hombres desde un lugar supuestamente superior, sin mezclarse o perderse entre ellos y sus penas humanas.
El quehacer del psicólogo no es cuestionado ya en las propias aulas de formación, se limita a enseñar filosofía de la ciencia con Bunge y Popper a la cabeza de los intelectuales que se deben venerar, mientras tanto, una pregunta simple, como el fundamento moral de nuestro actuar social es socavada y tomada como fuera de lugar, pues sabemos a priori lo bueno y lo malo, la enfermedad y la salud.
La filosofía está fuera de la psicología, y viceversa, mas no sólo en los libros, los espacios físicos y las aulas de clases, sino incluso en su mismo modo de operar, que aunque siempre habrá quién opte por intentar conciliarlas, es nuestro labor recuperar el lazo y vincularlas de nuevo, pues la una y la otra caminaron y crecieron por siglos juntas, y hace apenas dos que se han divorciado, y aun estamos a tiempo de mostrar que su divorcio debiera ser por bienes mancomunados.
domingo, 31 de mayo de 2009
José Vieyra Rodríguez
"El egoísmo no encuentra un límite más que en amor a otros,
el amor a objetos"
S. Freud
"Lo que amo, en la medida en que hay un yo
donde me fijo por una concupiscencia mental,
no es un cuerpo... sino una imagen que me engaña
al mostrarme mi cuerpo en su Gestalt, su forma"
Jacques Lacan
el amor a objetos"
S. Freud
"Lo que amo, en la medida en que hay un yo
donde me fijo por una concupiscencia mental,
no es un cuerpo... sino una imagen que me engaña
al mostrarme mi cuerpo en su Gestalt, su forma"
Jacques Lacan
Dos tipos de motivaciones existen en el ser humano para aquellas acciones que realizamos, por un lado están las que nos refuerzan nuestro narcisismo(1), nuestro propio amor, y las hacemos a conveniencia, ya sea directa o indirectamente, y por el otro los actos de amor.
Un ejemplo del primer tipo de narcisismo, es la conveniencia directa pero bien vista socialmente, como lo es el estudiar, en donde se accede a tener reconocimiento, poseer un saber ante los demás, un título que te hace oficialmente competente y otorga simbólicamente autoridad al yo.
Los segundos actos narcisistas, pueden ser actos comúnmente denominados “egoístas”, y que no son valorados socialmente, estos son aquellos en los que al yo no le importa ir en contra de un beneficio común(itario), o incluso no solamente no crear un beneficio, sino perjudicar y actuar únicamente pensando en lo que le conviene, como lo pueden ser el robar, mentir para evitar un castigo, etc. Así pues, están los actos socialmente bien vistos y esperados como estudiar, ser limpio, tener un buen trabajo, etc., y los actos condenados socialmente pero muy practicados que son los que perjudican o van en contra de la cultura y las reglas de convivencia pero que benefician directamente al yo. Pero también existen un tercer tipo de actos narcisistas, aquellos que incluso son, a diferencia de los dos tipos anteriores, de extraordinario beneficio hacia los semejantes, nombrados como caridad o lástima hasta altruismo, humanismo o filantropía.
Por ejemplo, en lemas tan antiguos como el adjudicado a Confucio: “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti” en donde se es pasivo en la agresión para un beneficio propio, o en la tradición judía con el mandamiento “«No matarás» [que] nos da la certeza de que somos del linaje de una serie interminable de generaciones de asesinos que llevaban en la sangre el gusto de matar”(2), hasta llegar al cambio que se da con el cristianismo en que se pasa de la pasividad de no hacer el daño a la actividad de ayudar pero sólo en función del amor propio, como lo menciona Freud; “«Amarás al prójimo como a ti mismo»… y un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible… «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero”(3), es decir, amar en función de la propia imagen y amor a sí mismo: narcisismo. Así, quien más esté unido a las normas judeocristianas de los mandamientos, se descubre pronto que sólo es en búsqueda de la salvación y vida eterna, así, se prefiere ser infeliz aquí para obtener el beneficio eterno después de la muerte fisica.
Admitiendo que bien, los actos aun los que parecen los mejores y más sinceros se pueden convertir o descubrir tan sólo como actos de amor a sí mismo, parece ser esta una visión pesimista de lo que el ser humano puede hacer. Pero nos queda aún por hablar de los actos particulares, pequeños, incluso actos discriminantes (en el sentido estricto de "discriminación", que significa distinguir). Es decir, esos que no se hacen a todas las personas, sino que se crea una distinción entre a quiénes hacerlos, que aunque parece ser aún más egoísta, termina por no serlo, puesto que los actos de amor a los que nos referimos, son aquellos que se hacen a las personas que se quieren por el simple hecho de amarlas, este es un verdadero desequilibrio a la estructura del yo, incluso yendo en contra del beneficio directo de éste. Seguimos aquí a lo propuesto por Slavoj Zizek “Amor es un acto extremadamente violento, amor no es “los amo a todos”, amor significa, selecciono algo… es la estructura del desequilibrio, aun cuando esto sea sólo un pequeño detalle, una frágil persona individual… yo digo “te amo más que a cualquier otra cosa”, y en este preciso sentido formal es el mal”(4) . El mal que no debe ser entendido desde la moral ya revisada anteriormente, sino el mal porque va en contra de un equilibrio del yo y su supuesto control sobre la realidad, por eso, al amar se hacen cosas irreconocibles, catalogadas por el yo como estúpidas. Y así, entendemos que estos actos estúpidos, incontrolables y discriminatorios son en realidad verdaderos actos de amor, actos que no se hacen a cualquiera, ni tampoco por un beneficio, sino a alguien en específico por el amor mismo.
Restaría aún revisar la manera en que el yo se enamora, o para decirlo en términos psicoanalíticos, elige su objeto de amor, entonces caeríamos una vez más en que puede ser por una elección narcisista, o bien por apuntalamiento(5), pero en este sentido, encontraríamos el porqué de la elección de un objeto y no de otro, mas no la anulación de que dichos actos sean actos verdaderos de amor.
______________________
1. «El término "narcisismo" se emplea en psicoanálisis para designar un comportamiento (Verhalten) por el cual un individuo "se ama a sí mismo" o, en otras palabras, un comportamiento por el cual trata a su propio cuerpo como se trata habitualmente al cuerpo de una persona amada.» Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte Freudiano. Esta obra fue dirigida por Pierre Kaufmann: (1916-1995), filósofo del psicoanálisis. Edición digital.
2. FREUD, S. De guerra y muerte. Temas de actualidad. (1915) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
3.FREUD, S. El malestar en la cultura. (1930) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
4. Žižek! (Documental) Dirigido por Astra Taylor, USA, 2005.
5. FREUD, S. Introducción al narcisismo. (1914) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
Un ejemplo del primer tipo de narcisismo, es la conveniencia directa pero bien vista socialmente, como lo es el estudiar, en donde se accede a tener reconocimiento, poseer un saber ante los demás, un título que te hace oficialmente competente y otorga simbólicamente autoridad al yo.
Los segundos actos narcisistas, pueden ser actos comúnmente denominados “egoístas”, y que no son valorados socialmente, estos son aquellos en los que al yo no le importa ir en contra de un beneficio común(itario), o incluso no solamente no crear un beneficio, sino perjudicar y actuar únicamente pensando en lo que le conviene, como lo pueden ser el robar, mentir para evitar un castigo, etc. Así pues, están los actos socialmente bien vistos y esperados como estudiar, ser limpio, tener un buen trabajo, etc., y los actos condenados socialmente pero muy practicados que son los que perjudican o van en contra de la cultura y las reglas de convivencia pero que benefician directamente al yo. Pero también existen un tercer tipo de actos narcisistas, aquellos que incluso son, a diferencia de los dos tipos anteriores, de extraordinario beneficio hacia los semejantes, nombrados como caridad o lástima hasta altruismo, humanismo o filantropía.
Por ejemplo, en lemas tan antiguos como el adjudicado a Confucio: “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti” en donde se es pasivo en la agresión para un beneficio propio, o en la tradición judía con el mandamiento “«No matarás» [que] nos da la certeza de que somos del linaje de una serie interminable de generaciones de asesinos que llevaban en la sangre el gusto de matar”(2), hasta llegar al cambio que se da con el cristianismo en que se pasa de la pasividad de no hacer el daño a la actividad de ayudar pero sólo en función del amor propio, como lo menciona Freud; “«Amarás al prójimo como a ti mismo»… y un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible… «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero”(3), es decir, amar en función de la propia imagen y amor a sí mismo: narcisismo. Así, quien más esté unido a las normas judeocristianas de los mandamientos, se descubre pronto que sólo es en búsqueda de la salvación y vida eterna, así, se prefiere ser infeliz aquí para obtener el beneficio eterno después de la muerte fisica.
Admitiendo que bien, los actos aun los que parecen los mejores y más sinceros se pueden convertir o descubrir tan sólo como actos de amor a sí mismo, parece ser esta una visión pesimista de lo que el ser humano puede hacer. Pero nos queda aún por hablar de los actos particulares, pequeños, incluso actos discriminantes (en el sentido estricto de "discriminación", que significa distinguir). Es decir, esos que no se hacen a todas las personas, sino que se crea una distinción entre a quiénes hacerlos, que aunque parece ser aún más egoísta, termina por no serlo, puesto que los actos de amor a los que nos referimos, son aquellos que se hacen a las personas que se quieren por el simple hecho de amarlas, este es un verdadero desequilibrio a la estructura del yo, incluso yendo en contra del beneficio directo de éste. Seguimos aquí a lo propuesto por Slavoj Zizek “Amor es un acto extremadamente violento, amor no es “los amo a todos”, amor significa, selecciono algo… es la estructura del desequilibrio, aun cuando esto sea sólo un pequeño detalle, una frágil persona individual… yo digo “te amo más que a cualquier otra cosa”, y en este preciso sentido formal es el mal”(4) . El mal que no debe ser entendido desde la moral ya revisada anteriormente, sino el mal porque va en contra de un equilibrio del yo y su supuesto control sobre la realidad, por eso, al amar se hacen cosas irreconocibles, catalogadas por el yo como estúpidas. Y así, entendemos que estos actos estúpidos, incontrolables y discriminatorios son en realidad verdaderos actos de amor, actos que no se hacen a cualquiera, ni tampoco por un beneficio, sino a alguien en específico por el amor mismo.
Restaría aún revisar la manera en que el yo se enamora, o para decirlo en términos psicoanalíticos, elige su objeto de amor, entonces caeríamos una vez más en que puede ser por una elección narcisista, o bien por apuntalamiento(5), pero en este sentido, encontraríamos el porqué de la elección de un objeto y no de otro, mas no la anulación de que dichos actos sean actos verdaderos de amor.
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1. «El término "narcisismo" se emplea en psicoanálisis para designar un comportamiento (Verhalten) por el cual un individuo "se ama a sí mismo" o, en otras palabras, un comportamiento por el cual trata a su propio cuerpo como se trata habitualmente al cuerpo de una persona amada.» Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte Freudiano. Esta obra fue dirigida por Pierre Kaufmann: (1916-1995), filósofo del psicoanálisis. Edición digital.
2. FREUD, S. De guerra y muerte. Temas de actualidad. (1915) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
3.FREUD, S. El malestar en la cultura. (1930) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
4. Žižek! (Documental) Dirigido por Astra Taylor, USA, 2005.
5. FREUD, S. Introducción al narcisismo. (1914) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
domingo, 10 de mayo de 2009
¡Adiós, filosofía de pupitre!
por José Vieyra Rodríguez
La reforma educativa para el nivel medio superior, llevada a cabo el año pasado, contiene algunos puntos importantes dignos de mención, quizá el más para quien esto escribe es la eliminación de la asignatura de Filosofía en los planes de estudio del bachillerato.
Múltiples voces se han dejado escuchar en contra de esta nueva reforma por parte de la SEP en que excluye a la Filosofía a favor de “competencias y habilidades” actuales. Quizá la más importante presión para la incorporación nuevamente de esta asignatura la lleva a cabo el Observatorio Filosófico.
En este espacio no es mi intención argumentar la necesidad del mantenimiento de la Filosofía como asignatura, mucho menos hacer un examen de los lineamientos que guían a la educación en nuestro país para llegar a esto, tampoco pretendo tomar partido inmediatamente y decir que el sistema busca la eliminación del libre pensamiento y el impulso a la reflexión, lo anterior me parece que sonaría a clisé de estudiante de filosofía indignado ante el acontecimiento social.
Lo que aquí pretendo expresar es mi sorpresa de ver cómo los mismos filósofos y estudiantes de filosofía se plantan en una postura de inocentes mártires que son inmolados por parte de la oficialidad. Niegan su colaboración para que esto suceda, es decir, me pregunto porqué no tomar esta nueva reforma como síntoma, como retorno de lo reprimido que se nos devuelve para mostrarnos algo de nuestra propia actitud. Saltar y decir que no es culpa de nosotros y la filosofía actual, que es sólo una muestra de cómo los intereses políticos y económicos del tecnomercado no incluyen a la filosofía, me parece triste. Decir que nada tiene que ver la propia filosofía con que se le excluya, me parece chato, burdo, simplemente una forma de negar nuestra responsabilidad ante los hechos.
Más aún, sería interesante darnos cuenta que la filosofía no es excluida por lo peligrosa que resulta o las críticas que genera, seamos sinceros, esta no es una forma de censura, ¡qué bueno sería si así fuera!, pero no, si se excluye es porque la misma filosofía algo ha hecho para parecer obsoleta, sin sentido e importancia en la vida cotidiana. Quizá no ha sabido integrarse a la nueva forma de movimiento social, no quiero decir que tenga que prostituirse a favor de los intereses actuales, pero qué sucede que tampoco puede saberse manejar ante los nuevos tiempos, la era del mercado, la ciencia y la tecnología.
Insisto, debemos tomar la reforma como síntoma social que algo nos muestra de nosotros mismos, si negamos nuestra responsabilidad ante este hecho, no podremos ver en qué estamos implicados nosotros, y este síntoma será sólo la molestia que intentaremos quitar, eliminar sin escuchar lo que nos dice. El síntoma es el retorno de lo reprimido, algo de nuestra actividad como personas interesadas en la filosofía hemos reprimido, ahora se nos devuelve y si esto lo volvemos a recibir con gritos y pataleadas (quejas oficiales y no oficiales), y después silenciar con un buen medicamento (reincorporación a los planes de estudio), no habrá servido de nada que hayamos vivido esto, habremos callado la molestia pero sin tomar conciencia de nuestra responsabilidad para que esto sucediera.
En preparatoria, por el día de hoy, le damos la despedida a la filosofía, la única posible en un aula de clases, la filosofía de pupitre. ¿Tenemos algo que ver con su supresión?
Múltiples voces se han dejado escuchar en contra de esta nueva reforma por parte de la SEP en que excluye a la Filosofía a favor de “competencias y habilidades” actuales. Quizá la más importante presión para la incorporación nuevamente de esta asignatura la lleva a cabo el Observatorio Filosófico.
En este espacio no es mi intención argumentar la necesidad del mantenimiento de la Filosofía como asignatura, mucho menos hacer un examen de los lineamientos que guían a la educación en nuestro país para llegar a esto, tampoco pretendo tomar partido inmediatamente y decir que el sistema busca la eliminación del libre pensamiento y el impulso a la reflexión, lo anterior me parece que sonaría a clisé de estudiante de filosofía indignado ante el acontecimiento social.
Lo que aquí pretendo expresar es mi sorpresa de ver cómo los mismos filósofos y estudiantes de filosofía se plantan en una postura de inocentes mártires que son inmolados por parte de la oficialidad. Niegan su colaboración para que esto suceda, es decir, me pregunto porqué no tomar esta nueva reforma como síntoma, como retorno de lo reprimido que se nos devuelve para mostrarnos algo de nuestra propia actitud. Saltar y decir que no es culpa de nosotros y la filosofía actual, que es sólo una muestra de cómo los intereses políticos y económicos del tecnomercado no incluyen a la filosofía, me parece triste. Decir que nada tiene que ver la propia filosofía con que se le excluya, me parece chato, burdo, simplemente una forma de negar nuestra responsabilidad ante los hechos.
Más aún, sería interesante darnos cuenta que la filosofía no es excluida por lo peligrosa que resulta o las críticas que genera, seamos sinceros, esta no es una forma de censura, ¡qué bueno sería si así fuera!, pero no, si se excluye es porque la misma filosofía algo ha hecho para parecer obsoleta, sin sentido e importancia en la vida cotidiana. Quizá no ha sabido integrarse a la nueva forma de movimiento social, no quiero decir que tenga que prostituirse a favor de los intereses actuales, pero qué sucede que tampoco puede saberse manejar ante los nuevos tiempos, la era del mercado, la ciencia y la tecnología.
Insisto, debemos tomar la reforma como síntoma social que algo nos muestra de nosotros mismos, si negamos nuestra responsabilidad ante este hecho, no podremos ver en qué estamos implicados nosotros, y este síntoma será sólo la molestia que intentaremos quitar, eliminar sin escuchar lo que nos dice. El síntoma es el retorno de lo reprimido, algo de nuestra actividad como personas interesadas en la filosofía hemos reprimido, ahora se nos devuelve y si esto lo volvemos a recibir con gritos y pataleadas (quejas oficiales y no oficiales), y después silenciar con un buen medicamento (reincorporación a los planes de estudio), no habrá servido de nada que hayamos vivido esto, habremos callado la molestia pero sin tomar conciencia de nuestra responsabilidad para que esto sucediera.
En preparatoria, por el día de hoy, le damos la despedida a la filosofía, la única posible en un aula de clases, la filosofía de pupitre. ¿Tenemos algo que ver con su supresión?
martes, 5 de mayo de 2009
Un interés de la filosofía: el psicoanálisis*
por José Vieyra Rodríguez
“la postulación de las actividades anímicas inconscientes
obligará a la filosofía a tomar partido y,
en caso de asentimiento,
a modificar sus hipótesis sobre el vínculo de lo anímico con lo corporal
a fin de ponerlas en correspondencia con el nuevo conocimiento”
Sigmund Freud
“la postulación de las actividades anímicas inconscientes
obligará a la filosofía a tomar partido y,
en caso de asentimiento,
a modificar sus hipótesis sobre el vínculo de lo anímico con lo corporal
a fin de ponerlas en correspondencia con el nuevo conocimiento”
Sigmund Freud
Como se sabe, la relación de la filosofía con el psicoanálisis dista de ser la mejor. Desde los comienzos del mismo psicoanálisis, Freud exponía que un interés particular de la filosofía debía ser el psicoanálisis, pues, cualquiera que fuera el sistema filosófico desde donde se hablara, tenía puntos de conexión indudables con lo que el psicoanálisis estudia. Sin embargo, el mismo Freud nunca dejó de menospreciar en cierta medida a los filósofos, incluso no dudó en equiparar al delirio paranoico con un sistema filosófico, escribiendo en Tótem y tabú; “Uno podría aventurar la afirmación de que una histeria es una caricatura de una creación artística; una neurosis obsesiva, de una religión; y un delirio paranoico, de un sistema filosófico”[1].
También podemos recordar que aun cuando desde 1913 mencionaba a la filosofía como una de las disciplinas que no podrá dejar de tomar en cuenta el conocimiento del psicoanálisis, siempre consideró superior al mismo, pues “el psicoanálisis puede pesquisar la motivación subjetiva e individual de doctrinas filosóficas pretendidamente surgidas de un trabajo lógico imparcial, y hasta indicar a la crítica los puntos débiles del sistema”[2]. Lo anterior nos recuerda el más tenaz argumento del psicoanálisis en contra de la filosofía: el desconocimiento total del inconsciente por parte de ésta.
Así, Freud escribe “Lo psíquico de los filósofos no era lo psíquico del psicoanálisis. En su gran mayoría, ellos llaman psíquico sólo a lo que es un fenómeno de conciencia. El mundo de lo consciente coincide, para ellos, con la extensión de lo psíquico. A todo lo otro que acaso suceda en el «alma», esa alma tan difícil de aprehender, lo destronan y lo sitúan entre las precondiciones orgánicas o los procesos paralelos de lo psíquico. Dicho más estrictamente: el alma no tiene otro contenido que los fenómenos de conciencia… desde luego, que algo anímico inconsciente es un disparate, una contradictio in adjecto, y no quiere percatarse de que con este juicio no hace más que repetir su propia definición -acaso demasiado estrecha- de lo anímico. Al filósofo le resulta fácil afianzarse en esta certidumbre” [3].
Comenzando con el mismo padre del psicoanálisis, existe una innumerable lista de psicoanalistas que se han alejado intencionalmente de la filosofía, incluso el mismo Jacques Lacan se negó rotundamente a llamarse filósofo; “no me interesa la filosofía, además tiene ya bastante tiempo que no dice nada interesante” [4], con esta declaración parece seguir al maestro vienés cuando en su presentación autobiográfica escribe “y aun donde me he distanciado de la observación, he evitado cuidadosamente aproximarme a la filosofía propiamente dicha” [5].
Sin embargo, ninguno de los dos, ni el creador del psicoanálisis, ni su más ilustre lector y renovador, se han quedado indiferentes a planteamientos que antaño interesaban únicamente a la filosofía. Psicoanalistas, sí, pero pensadores de los grandes temas filosóficos.
Lo cierto es que mientras la filosofía se aferre a seguir en la línea racional de la conciencia, el intelecto, la libertad y la voluntad autónoma, regida únicamente por el yo, dueño y señor, seguirá siendo la filosofía un discurso del Amo (del maestro), que dicta qué hacer y por donde seguir, y aun cuando sus hipótesis no alcancen para explicar múltiples fenómenos propios del hombre, se seguirá negando a la incursión en postulados psicoanalíticos.
Lo anterior no significa que necesariamente todo filósofo tenga que ser psicoanalista, pero al menos sí es necesario tomar partido ante este nuevo descubrimiento que hace Freud hace más de cien años. Y así, decir quienes estamos interesados en la filosofía, si aceptamos incursionar de alguna manera en el camino propuesto por el psicoanálisis y replantear los grandes temas, y preguntarnos una vez más qué es la voluntad, antes de dar por sentado que nuestra conciencia es quien la tiene, pues con lo último retornamos a la problemática planteada por Lacan; “la filosofía en su función histórica es la que presiona el saber del esclavo para obtener su transmisión en saber del Amo” [6], cerrada a otro posible saber, al del inconsciente.
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*Artículo publicado en epsys revista de psicología y humanidades. Enlace a esta publicación.
[1] Freud, S. Tótem y tabú. (1914) Ed. Amorrortu. Vol. XIII. Argentina.
[2] Freud. El interés por el psicoanálisis. (1913) Ed. Amorrortu. Vol. XIII. Argentina.
[3] Freud, S. Las resistencias contra el psicoanálisis. (1925) Ed. Amorrortu. Vol. XIX. Argentina.
[4] Lacan, J. Mi enseñanza. Ed. Paidós. 2006. Argentina.
[5] Freud. Presentación autobiográfica. (1925) Ed. Amorrortu. Vol. XX. Argentina.
[6] Lacan, J. Seminario XVII. El reverso del psicoanálisis. Ed. Paidós.
[1] Freud, S. Tótem y tabú. (1914) Ed. Amorrortu. Vol. XIII. Argentina.
[2] Freud. El interés por el psicoanálisis. (1913) Ed. Amorrortu. Vol. XIII. Argentina.
[3] Freud, S. Las resistencias contra el psicoanálisis. (1925) Ed. Amorrortu. Vol. XIX. Argentina.
[4] Lacan, J. Mi enseñanza. Ed. Paidós. 2006. Argentina.
[5] Freud. Presentación autobiográfica. (1925) Ed. Amorrortu. Vol. XX. Argentina.
[6] Lacan, J. Seminario XVII. El reverso del psicoanálisis. Ed. Paidós.
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